O de la transgresión en Georges Bataille.
Pedagogía del desierto: hacer el vacío alrededor de sí para encontrarlo en uno. No escuchar a nadie; tampoco decir nada: escuchar su silencio. De entrada para no seguir mintiendo, hay que callar… Verdad del silencio: el ser mismo. Sin frases. Esta verdad no tiene sentido. No tiene valor. Es lo que es: insensata e indiferente. No va a ninguna parte, nada promete, nada anuncia. La verdad no es una parusía. No funda ninguna teología, ni garantiza humanismo alguno. El provenir no es su problema. Ni la esperanza ni la moral. Ella no se ocupa de fines. Tampoco se ocupa de los hombres. La locura nada puede contra ello; ni los tiranos: la verdad no obedece, y Dios mismo debe someterse a ella… La verdad de la piedra es ser lo que es. La verdad es un cielo abierto.
André Comte-Sponville
Por la mañana un paisaje desértico y un animal temeroso, es el predecesor del ser humano, del animal humano, ahí están sus huesos y se alimenta de hiervas, insectos y semillas entre la tierra, compitiendo junto a otros animales, animales mejor dotados para esta búsqueda; el alimento es escaso, el animal humano lucha pero es vulnerable, un felino lo devora con la mayor facilidad. Sin duda, el no es quien tiene el control del territorio en ese lugar. El animal humano, el más desvalido de los animales, sin garras, sin colmillos, sin grandes músculos, al perder su antiguo hábitat, aún no ha desarrollado los medios necesarios para sobrevivir en el medio donde ahora se encuentra; no puede ya regresar a su antiguo hábitat y no hay un lugar específico a donde se pueda dirigir para estar a salvo, su situación es ahí, en el desierto de su presente, no hay lugar para refugios en la fantasía, debe resolver su situación en ese presente, y no puede escapar a el, y decimos que debe resolverla, eso es algo vital, si no la resuelve: muere; si se evade de la urgencia de esta situación: muere.
Un paisaje desértico y un animal temeroso: el ser humano y su presente; el agua es escasa, un grupo pequeño de esta especie animal bebe de un charco, entonces llega otro grupo de esta misma especie y de algún modo este segundo grupo es más poderoso, el carácter de este grupo es más agresivo, un intercambio de agresiones y el más fuerte toma control sobre el territorio con el liquito vital, la violencia prueba ser un modo de supervivencia eficaz en un mundo salvaje; más tarde el grupo más débil se ve ante la muerte, ante los huesos, restos de quien no sobrevive, pero encuentra en estos huesos, en el fémur de un animal una herramienta, un arma perfecta, vuelve el grupo sediento a reclamar su territorio con el fémur en la mano, fémur con el que destroza con total facilidad el cráneo de su adversario y se adueña de nueva vez del líquido vital. Con la muerte empuñada en la mano, nace la transgresión humana, sosteniendo ese hueso nace la herramienta que nos transforma, vuelve nuestra espalda erecta y transforma nuestras manos, nace también el arma de la guerra, de la deducción del fémur como herramienta letal, al conocimiento más sofisticado, conocimiento y guerra, que nos colocan en la punta de la pirámide de dominio después de haber sido los más vulnerables. Violencia y dominio, conocimiento y civilización.
Violencia: somos humanos en tanto especie que perdió su hábitat, desvalidos, negamos la naturaleza como un acto de supervivencia, negar la naturaleza destruyéndola, dominando las circunstancias para nuestra supervivencia, el mono que perdió su hábitat se crea su propio hábitat. Conocimiento: reduciendo la naturaleza a nuestros fines, hacemos de ella una herramienta, la herramienta habrá de ser el modelo de estudio de la naturaleza, dicho de otro modo, imponemos nuestro lenguaje a la naturaleza y nuestra relación termina siendo con dicho lenguaje. El átomo nace de nuestros marcos teóricos, de nuestras herramientas de medición, y una vez enunciado, nos decimos que siempre estuvo ahí, y la lógica de tales referentes no dice que debemos buscar aún más debajo del átomo, del electrón etc. Del mismo modo nacen nuestras idead del bien, de la justicia, de un orden moral. De los ladrillos de dicha ciencia y dicha moral hemos construido eso que llamamos civilización; en donde el antiguo animal, alerta y vulnerable, despierto y transgresor, comienza a llevar una vida cómodamente adormecida, apresado por tales ladrillos, reducida su vitalidad al estrecho espacio entre ellos, reducido a la inercia de una civilización que lo domina. Hall 9000[1], obra magna de la tecnología, es la niñera siniestra que ahora nos castra, nos asfixia.
La civilización una cárcel que encierra al animal, el hombre civilizado es la cascara que imposibilita a una bestia caminando por una cuerda floja hacia el superhombre, en donde el hombre entrega su poder, su tremendo poder, a la hipocresía de una oligarquía que dice ver por nosotros, mientras que a ese nosotros “...les gusta pensar que allá arriba hay alguien que sabe lo que está haciendo; ya que no participan... y ni siquiera piensan acerca de cuestiones de importancia vital, esperan que alguien preste atención y que sea competente, ya que nosotros no estamos tomando parte en lo que está sucediendo; en otras palabras, esperemos que la nave tenga algún capitán[2]”.
En este largo y sinuoso camino, entre el salvaje desierto de lo desprovisto y la cómoda vida de la civilización, en este drama cultura vs. naturaleza ha sido la religión, religión como el conjunto sistematizado de creencias y prácticas sistematizadas y compartidas, que se articulan en torno al destino de los seres humanos. La religión como la ideología detrás de todas las ideologías, el marco teórico detrás de todos los marcos teóricos, la teleología que subyace nuestras acciones. Y es que incluso en la ciencia, en el materialismo más recalcitrante nos dice Bataille[3] aparece un idealismo subyacente. “La mayoría de los materialistas, aun cuando hayan querido eliminar toda entidad espiritual, han llegado a describir un orden de cosas que las relaciones jerárquicas caracterizan como específicamente idealista. Han situado la materia muerta en la cúspide de una jerarquía convencional de hechos de diverso orden, sin percibir que así cedían a la obsesión de una forma ideal de la materia, una forma que se acercaría más que ninguna otra a lo que la materia debería ser. La materia muerta, la idea pura y Dios responden en efecto de la misma manera…[4]”. Es ahí, en una arqueología de la religión, aludiendo a Foucault y su arqueología del saber, donde a través de la historia se devela, una omnipresente teleología que responde a nuestra más primitiva preocupación: ante el caos de la naturaleza, ante la serie de catástrofes inminentes en ella, ante nuestra tremenda vulnerabilidad, buscamos no otra cosa que seguridad, cómodo nicho ideal que se expresa históricamente en las distintas manifestaciones de la civilización. Mesianismo: después del retorno de Cristo, después de la revolución, ansiamos la comodidad de un fin de la historia, donde todos nuestros problemas estén resueltos: el fin de la ciencia, porque todo está descubierto y por encima -el fin de la filosofía- como lo anunciaba Hegel “el ingenuo”; el fin de la ignorancia, del mal, aspiramos al reino de Dios o al sueño de Mao, dios materia, dios idea, pero en ambos casos, vivimos religiosamente, a través de este sistematizado y casi inconsciente orden de creencias que nos sustraen de la inmediatez del presente arrojándonos al sueño del mañana. Vivimos para el mañana, el sueño del mañana, perfecto, final.
Llevamos a cabo nuestras actividades cotidianas, cumplimos día con día nuestro papel en la sociedad, proyectando siempre una serie de expectativas a futuro: cuando obtenga mi título, cuando tenga este o aquel otro tipo de trabajo, cuando la encuentre y me case, cuando mis hijos se hayan labrado un futuro, cuando me retire y tenga más tiempo, cuando la revolución, cuando los líderes, cuando la ilustración de las masas, cuando la revelación divina, cuando la muerte; y pasa el lunes, el martes, el miércoles y el resto de la semana, sucede que ese mañana nunca llega y ni siquiera sabemos bien que era eso que queríamos que llegara. Sin embargo siempre elegimos una colección de ciertos mañanas que se nos antojan satisfactorios, como a quien le gusta sentirse parte de algo, de determinado grupo social, partidarios de cierta estética, cierta filosofía, nos vanagloriamos ante nuestras formas de vida en pos de su prometedor futuro, de una posibilidad futura, cuando el tesoro de todas nuestras posibilidades está en el presente. Sucede que un día toda nuestra vida se nos devela como lo que fue una fantasía vivida para el mañana. “...Mañana, ansiaba el mañana, cuando todo él hubiera debido rechazarlo. Esta rebelión de la carne es lo absurdo[5]”.
Sucede que hemos estado dando vueltas, caminando en círculos en el antiguo desierto, pensando nos dirigíamos en línea recta hacia el final de la historia, pero miramos de pronto como en un instante todo en nuestra vida se desprende de ese sentido ilusorio del que lo habíamos provisto, aquél conjunto sistematizado de creencias y prácticas sistematizadas y compartidas articuladas en torno al destino de los seres humanos se desmorona como pasta barata sobre una pared salitrosa, dejándonos ver la crudeza que hay debajo, “..suele suceder que los decorados se derrumben[6]”, y nos vemos frente al absurdo de Camus; ante los horrores del fin de la historia, la acción transgresora en Bataille, nos arroja a mirar ese absurdo, más aun, nos invita a regocijarnos en tal, en buscarlo, ir hacia él y festejarlo dionisiacamente, la acción transgresora: Sísifo hace lo impensable con su piedra antes de que los dioses se la quiten y se la arrojen de nueva ves cuesta abajo. Sísifo decide fornicar con su roca meneándose como un Elvis Presley sobre el escenario y los Dioses gritan. Surge el animal encerrado en Sísifo, Sísifo cárcel conformada por la civilización. Sísifo el hombre cae muerto, y surge de él un animal comportándose como un animal, y no le interesa la admiración poética ni del muerto ni de los Dioses en su performance.
Sísifo ya no sólo dice sí y lleno de absurdo y un extraño gozo sube de nuevo su roca por la montaña para desconcierto de los Dioses -fin de su historia que se repetirá ad infinitum- el castigo de tales. En Bataille Sísifo abandona a Sísifo, el absurdo es una puerta para abandonar al personaje y su drama, abandona esta repetición congelada del fin de la historia a través de su acción negativa. En Camus, Sísifo realiza el juego de absurdo en un contexto teleológico para reírse de los dioses, en Bataille Sísifo sale de sí mismo y del drama teleológico. No le interesa en su performance la admiración poética ni del muerto, de esta cascara de civilización de la que se despoja, ni de los Dioses –ideales teleológicos-; y sin embargo su acción es poética, expresión de su voluntad: arte como voluntad, die Kunst: poder; voluntad de poder: libertad. No le interesa la admiración poética ni del muerto ni de los Diose, y en su performance abandona esta repetición congelada del fin de la historia a través de su acción negativa, acción animal, acción acéfala: no se trata de lo racional contra lo irracional, sino de lo irracional contra la civilizada razón. Acción acéfala, acción sagrada. Y sin embargo su acción es poética, expresión de su voluntad: arte como voluntad, die Kunst: poder; voluntad de poder: libertad. Poesía: religión acéfala.
Religión acéfala, religión ateísta, a-teleológica; religión acéfala como el conjunto sistematizado de creencias y prácticas transgresoras y comunicables, que se articulan en torno: no al destino, sino al presente de los seres humanos rebelándose a su destino. Sísifo abandonando el papel mil veces repetido, reinventándose: Poiesis.
Transgresión: es comedia recurrente hoy en día toparte con personas que te dicen: yo no soy religioso, pero sí creo en Dios o algo más allá. Ante tremenda noción tan airy-fairy y por demás nociva, habrá de pensar a la inversa: yo soy ferozmente religioso, por eso no creo en Diós, ni nada más allá. Ferozmente religiosos en contra de todo empequeñecimiento del hombre, abriéndonos hacia lo desconocido del misterio de lo viviente y su éxtasis, abandonando toda teleología, así sea vía el sacrificio de una muerte ritual, cuestión que no trata de una mera pantomima. Bataille: más nos valdría salir a vivir como locos, que hacer de su lectura una veleidad más para entretenernos en el vacío de nuestras vidas, mejor callar que decir algo que no sea más que la expresión del tedio de la comodidad académica. Mejor callar.
Religión no como salvadora ni como sensación de algo que puede hacernos sentir seguros, sino religare como nuestra propia cualidad despierta, nuestro propio potencial y voluntad: algo que “no es un hombre, tampoco un Dios… que no es yo pero es más yo que yo[7]”. Religare con la vida para abordarla en toda su crudeza, un asunto de humanos que ha de resolverse entre humanos libre de evasiones; religare con nuestra interdependencia humana y nuestra capacidad de comunicación, sociedad no como un conglomerado de inercias sino como “...la lucha de un puñado de pájaros contra la Gran Costumbre[8]”. Religare; “en la medida en que nuestra existencia es la condena de todo lo que hoy se reconoce, una exigencia interior hace que seamos igualmente imperiosos… volvernos totalmente diferentes o dejar de ser[9]”. Religare: sostener lo sagrado sin Dios, sin fines.
Eduardo Medina Frías
Bibliografía.
Bataille; George. “La conjuración sagrada y diccionario crítico”.
Bataille; George. “La literatura y el mal”. Ediciones aleph.com
Camus; Albert. “El mito de sísifo”. Mardid Ed. Alianza. 2002
Comte-Sponville; André. “El mito de Ícaro: Tratado de la desesperanza y de la felicidad Vol.1”. Madrid. Ed. MT. 2001
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[1] Arthur C. Clarke, Kubrick Stanley. “2001, A Space Odisey”.MGM 1968.
[2] Chomsky; Noam. “The Chomsky Reader”.
[3] Bataille; George. “Diccionario Crítico”. Entrada: Materialismo.
[4] Ibid.
[5] Camus; Albert. “El mito de sísifo”. p26.
[6] Ibid. p. 25
[7] Bataille; George. “La conjuración sagrada”.
[8] Cortazar; Julio. “El último round”. Ed. Siglo XXI. p.108
[9] Bataille; George. “La conjuración sagrada”.

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