La experiencia de la compasión análoga a la experiencia de lo sublime en el arte.
Eduardo Medina Frías.
México D.F.
La epifanía del rostro: culmen de la conciencia de exterioridad.
La experiencia de la compasión análoga a la experiencia de lo sublime en el arte, a partir de la noción de exterioridad en Lévinas.
“Each morning the day lies like a fresh shirt on our bed; this incomparably fine, incomparably tightly woven tissue of pure prediction fits us perfectly. The happiness of the next twenty-four hours depends on our ability, on waking, to pick it up.”
Walter Benjamin
El termino caos, vulgarmente entendido como desorden, o bien, desde un punto de vista genealógico, como el estado de completo desorden anterior a la formación del mundo, proviene de la palabra griega: Khaos, que significa: apertura, abismo abierto [1]. Partiendo de su etimología, entendamos aquí, a ese estado de completo desorden anterior a la formación del mundo como: el momento de conciencia plena, libre de discursividad y racionalizaciones frente a ese khaos, la experiencia de la realidad desnuda del sello de lo humano. Momento de mera claridad consciente: awarness[2], frente a dicha apertura o abismo abierto que es la experiencia vital, experiencia que, siguiendo el pensamiento de Lévinas no puede ser más que la “del otro”, exterioridad que nos revela “el infinito”, ese abismo abierto.
Frente a este abismo, respondiendo a una necesidad de supervivencia, abstraemos instantes e instancias; los etiquetamos y ordenamos, vamos creando el mundo de lo humano, la experiencia cobra la forma de lo nombrado. Conocer es imponer nuestro lenguaje al mundo para curarse del mundo, curarnos en un primer momento de nuestras necesidades vitales: conocer como el conjunto de técnicas de comprobación de un fenómeno cualquiera, el cálculo o la previsión controlable de tales fenómenos. Pero la necesidad permanece, vuelve una vez satisfecha, se puede concebir el cuento del fin de la historia, pero no del fin de nuestras necesidades, nuestra naturaleza es irremediablemente precaria.
Ante esta tremenda angustia existencial que aquello implica, surge en nosotros un deseo de aprehensión de una totalidad supuesta: la cosificación del ser, ese abismo abierto, experiencia vital de la que ahora me separo. El conocimiento es concebido como la cura en sí de esta angustia existencial, al anhelar el poder penetrar en la estructura fundamental o basal de ese khaos: ahora una colección de objetos independientes a mi ser y que algo me esconden; anhelo por poseer la totalidad de las posibilidades, de todos los vínculos entre los seres y la totalidad de sus contingencias. Anhelo legítimo tal vez.
Pero en algún punto de este seccionar la experiencia, aparece la metafísica y la misma ciencia (la nueva metafísica) con un rostro dogmático, hemos encontrado la respuesta, y más que una afirmación cándida, encontramos en ella el germen de todo orden totalitario, de toda imposición que a ha de interrumpir, de aniquilar nos dice Lévinas, la continuidad de las personas, la continuidad de su experiencia vital podríamos decir. Este régimen totalitario, metafísico y político, nos impone hasta el rincón más íntimo de su ser, su visión deificada, cristalizada de ese abismo abierto, legitimando en su discurso un mundo cerrado,
cuya historia transcurre en pos de dicha totalidad, donde todo acto se justifica en dicha comedia metafísica. Dicha moral se desmorona ante la guerra: movilización de absolutos; movilización de los seres anclados en una identidad falaz: una basada y que se explica en esta historieta de la totalidad y su fin. El fin de una guerra supone una paz, pero esta paz de totalidades, no es más que la instauración de otro orden dogmático.
Lo anterior nos hace suponer un relativismo, uno que nos impide sustentar una autoridad moral: el problema ético postmoderno. ¿Cómo es que esta evidente multiplicidad de visiones frente al khaos, confrontadas en la guerra, debilita el discurso humanístico dando pie a la justificación de todo tipo de atrocidades? No sería dicha multiplicidad evidencia de una exterioridad en sí misma crítica al cerrado esquematismo totalizante; crítica que nos devela una vuelta a la apertura, al abismo abierto: khaos griego, el infinito de Lévinas.
Y es que sucede que nos quedamos en el plano de lo abstracto, confundimos el mapa por el territorio, olvidamos que los conceptos no son más que la sombra de la experiencia, experimentamos la vida a través de historias metafísicas totalitarias, imponiendo siempre nuestro absolutismo imperial al otro, volviendo sinónimos: comunicación y manipulación.
Multiplicidad debe referirnos no a una colección de volúmenes científicos, filosóficos y religiosos, de metafísicas dispares: el mundo cerrado de alguien que toma su reflejo en el espejo por la realidad última del mundo; multiplicidad debe referirnos “al otro”, al “rostro” del otro en su precariedad, exterioridad frente a mí, idéntica a mí y que me define. Retornar a ese rostro es apertura, contraria al juego cerrado del discurso de la totalidad, el otro, su mirada es un abismo abierto que me devela “el infinito”, infinito que devela mi situación, una que se define por tal exterioridad. Exterioridad es pues la intersubjetividad humana, una que me recuerda mi vulnerabilidad, mi precariedad; indisoluble interdependencia de rostros que demandan mutua responsabilidad. El otro que puede anular mi existencia, el otro que puedo anular, pero que inescrutablemente, es esta exterioridad que devela y condiciona mi existencia.
¿De donde puede venir la obligación moral en tanto demanda del otro, expresada en el reconocimiento de mi responsabilidad? Ciertamente no viene de mí de manera autónoma, viene del otro de tal modo que incluso arruina mis planes nos dice claramente Lévinas, pero es silencioso, no me dice qué hacer, no me otorga el cómo. No nos otorga el cómo, no sabemos: el rostro del otro en tanto a su precariedad, que es también mí precariedad, me remite a una toma de conciencia, si soy honesto [3], frente a esa claridad: “to be aware [4]”, ante el infinito.
Esta exterioridad: el otro, nuestra precariedad y lo infinito, pone sobre la mesa, por sobre toda trampa hacia una necesidad de totalidad y sus remedios, este tremendo encuentro y exigencia, lo que nos devela, en un sentido Schopenhaueriano del término, la experiencia de la compasión: “La participación en el sufrimiento de los otros… el sentimiento de una solidaridad activa [5]”. La compasión como la escénica misma de todo amor y solidaridad entre los hombres, la cual se explica solo a partir del carácter esencialmente doloroso de la vida. Si, puedo decidir anular al otro en la guerra, en la misma idea tramposa de una supuesta tolerancia –te tolero así como tolero las moscas-, o del respeto, ese augusto y orgulloso: desde mis principios, pero toda justificación de tales acciones no podría sino sustentarse en otro nuevo drama totalizante, otra guerra fría esperando estallar. Si somos justos frente al rostro del otro, exterioridad que nos devela nuestra verdadera situación transitoria y precaria ante el infinito, no hay lugar ya para discursos totalizadores.
La exterioridad otorga una exigencia ética, pero, el rostro del otro, no es una exigencia cual necesidad que ha de cumplirse ante el dogma metafísico, la ética es aquí una experiencia vital. Exterioridad, tal vez esta noción en Lévinas, no está tan alejada al imperativo categórico Kantiano, Lévinas: el último Kantiano-, un imperativo, pero no como un apriori universal y abstracto, sino descubierto individual y experiencialmente ante la inmediatez existencial del rostro del otro, que devela, sitúa y condiciona mi propia existencia. Nada de juegos nouménicos, ni exigencias de principios regulativos e unidades totalizantes aquí.
Jugando un poco más con esta noción de Lévinas como el último Kantiano: exterioridad -condición, límite y posibilidad de mi existencia, develada como el tremendo peso de lo sublime, que se filtra, y destruye el tejido de todos nuestros discursos totalizantes a través del rostro del otro-; encuentro que moviliza a los seres a esta conciencia o apertura ante lo infinito.
El encuentro con el otro, encuentro con mi exterioridad, movimiento de conciencia análogo a la experiencia mística: aquella que ocurre cuando en nuestra razón de control y dominio, nuestro aparato conceptual per se, organizado en un complejo mecanismo de defensa y filtrado, ante la “presión” de lo otro en su infinitud, se produce un fallo, se permite una irrupción desbordante, descomunal, de la infinitud en la conciencia, la cual se torna en plena hospitalidad, en la vivencia sublime de la compasión. Vivencia que no puede verse nunca desvinculad del rostro del otro y su exigencia, sino que es su misma vivencia. El rostro del otro es el abismo abierto, el infinito.
¿Es la epifanía del rostro en Lévinas, culmen de la conciencia de exterioridad, una experiencia mística? Habría que entender primero la experiencia mística, despojada de toda malformación interpretativas en los discursos teístas; discursos al fin totalizadores, en donde ya la misma idea de Dios, así como los “lógicos” sistemas que de tal se desprenden, ocurren, totalitariamente, cual imputaciones de control y dominio ante lo infinito, aplastando el significante en la experiencia individual, la experiencia mística dentro de estas religiones es o bien deificada, absorbida, homogeneizada y esterilizada en su discurso, o bien meramente silenciada bajo dictámenes similares a lo largo de la historia como: “locura“, “delirio“ , “psicosis”, “fenómeno no cuantificable”, claro ejemplo aquí de esa violencia que obliga a llevar a cabo actos que destruirán toda posibilidad de actos, la posibilidad de la experiencia mística en este caso: al deificar anulo las posibilidades de la experiencia, ¿de la epifanía del rostro pudiera ser?
Me parece curioso que Lévinas, después de este ensayo sobre la exterioridad y el infinito, impute deificaciones a su brillante noción de lo otro y lo infinito, ¿después de un discurso así, hablar de el Todo Dios, o de la universalidad del Judaísmo? ¿Será que no escapa aquí Lévinas, a la violencia del discurso de todo Teísmo ejercida sobre a través de su herencia cultural? O bien es el discurso de Lévinas, del otro, de la exterioridad y el infinito, una piedra fundacional para una nueva y urgente significación de los términos: ecumenismo y estudio interdisciplinario; encuentros de múltiples que en la mayoría de los casos solo redunda en lo que Lévinas alude como la hipocresía de la paz fundada en la guerra.
Bibliografía
Lévinas Emmanuel, Totalidad e Infinito, Ensayo sobre la exterioridad. Salamanca, Sígueme, 1997.
Butler Judith. Precarious life. U.K. Verso 2004
Hulin Michel. La mística salvaje. (En las antípodas del espíritu). Madrid. Ed. Ciruela. 2007
Camus Albert; El mito de Sísifo. Madrid. Editoria Alianza. 2002
Störig Hans Joachim. Historia universal de la filosofía. Madrid. Ed. Tecnos. 2000
Abbagnano Nicola. Diccionario de filosofía. México. Ed. FCE. 1998
[1] Nicola Abaggnano. Diccionario de Filosofía. México. Ed. FCE. 1998
[2] Judith Butler. Precarious life. U.K. Verso 2004
[3] Albert Camus. El míto de Sísifo. Madrid. Ed. Alianza. 2002
[4] Judith Butler. Ibid.
[5] Nicola Abaggnano. Ibid.


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