EL ARTE, PUERTA DEL KHAOS.
DEL ORDEN CIENTÍFICO A LA EXPERIENCIA DE LO SUBLIME.
Eduardo Medina Frías.
México D.F.
Al contemplar mi mano, antes que preguntarme por su origen, y plantearme entonces, si esta fue creada por la perversidad de un Dios, o bien es un mero accidente de un universo inconsciente en expansión, antes de cuestionarme por nociones de orden metafísico, resulta que es primordial, por meras razones de supervivencia, preguntarme que puedo yo hacer con estas manos, hasta donde me pueden llevar y cuáles son sus límites. Así es como en Kant, nos topamos, antes que nada, con un propósito de establecer las potencialidades y limitantes del entendimiento humano, antes que preguntarnos por su origen, cuestión que mas allá de hipótesis científicas, filosóficas o de razones de fé, en realidad ignoramos. Esto grosso modo es el meollo de las tres criticas Kantianas, ¿Qué es lo que podemos conocer y cuál es la validez de lo que conocemos?
Al contemplar mi mano contemplo el desierto; observo la fotografía de la mano, la poesía de la mano, el performance, el drama, la danza de la mano, el arte como el detonador que rompe con el tejido de lo habitual y me devuelve al desierto, el arte como la eterna pregunta que rompe con los decorados que había yo montado sobre un mundo inhóspito y mi tremenda necesidad, mi completa vulnerabilidad.
Fui a la opera y desperté, frente a mi el vórtice de una arrolladora extrañeza, lo informe, el khaos en su sentido originario: un abismo abierto, y ante tal yo solo se me mortal, se me con hambre, con miedo, en esta extrañeza busco techo y alimento. Establezco pues puntos de referencia, establezco el yo y lo otro, espacio y tiempo, el uno, el dos, el tres, elaboramos juicios en un mero acto de supervivencia, una definición es un error aceptado para ganar tiempo. Elige entonces el de Königsberg, lanzarse un análisis de la estructura del pensamiento humano (sin preguntarse por su origen, de ahí la no dependencia a la experiencia en la búsqueda por los a prioris sintéticos) llegando finalmente a la noción de unidad universal, y de la deducción necesaria de los tres principios regulativos: mundo, alma y dios, para finalmente develar su condición efímera, ilusoria.
Así, de la ciencia, de la medición del viento para lanzar una flecha atinada al costado de un venado, de la medición para lograr las condiciones mas apropiadas para cultivar la zanahoria, a la metafísica, la inevitable formadora de ilusiones solo hubo un paso, el de nuestro anhelo de seguridad basado en una especie de fe en poseer el orden total del mundo.
Sin embargo, ante esta demanda existencial legitima que nos impulsa al debate en el campo metafísico, aparece el riesgo aniquilador para nuestra supervivencia: el dogmatismo, postura del que toma el mapa por el territorio. La explicación científica y su dominio de objetividad, culmen de nuestro juicio cognocitivo, es la imposición de nuestro lenguaje al khaos, sin crítica, la ciencia, al dar el salto metafísico dada nuestra demanda existencial, puede convertirse en una mera colección de afirmaciones gratuitas, argumentos cual colección de parches: decorados falaces sobre aquella primitiva extrañeza que se nos escapa. Llevamos pues una vida doble, una como ciudadanos del reino fenoménico y otra como ciudadanos del reino del noúmeno.
El juicio de gusto nos devuelve al terreno de la subjetividad, del orden fenoménico condicionado a reglas, a un orden de libertad, sendero que apunta al noúmeno. En el juicio de gusto puro, en la contemplación por lo bello, experimentamos una libertad o puesta a la necesidad de posesión del objeto, de satisfacción del objeto conforme a nuestras reglas impuestas, en cierto modo, podemos decir que abandonamos la ilusión de que se pueden conocer las cosas en sí mismas. Abandonamos el improductivo dogmatismo metafísico que nos insta a la exigencia respecto a que esto o aquello deba o no ser de tal modo, y nos devuelve a la metafísica que solo pone en la mesa la problemática existente: que la pregunta ¿Qué es lo que podemos conocer y cual es la validez de lo que conocemos? nos sitúa frente a la eterna interrogante que no podemos evadir: ¿Qué es la realidad? el monolito negro que aparecen 2001, Odisea del espacio una y otra vez, desde la edad de las cavernas hasta la era espacial, derribando decorados.
Ciertamente el párrafo anterior no quiere decir que la “labor” del juicio del gusto sea el de criticar el juicio cognoscitivo, la autocrítica y autoconciencia del juicio cognoscitivo, o lo que podría enunciarse también, la autocritica y autoconciencia el discurso científico y filosófico, son independientes al juicio de gusto. Lo que si nos señala el juicio de gusto, es que la experiencia humana no es unidimensional, que nuestra aproximación a la realidad, a nuestra eterna aflicción existencial ante la pregunta de la realidad no es exclusiva del juicio cognoscitivo, sino que esta pregunta, más allá de la necesaria e imprescindible labor científica y de la argumentación filosófica, es también una pregunta libre de la dualidad
interior-exterior frente al vértigo de esa pregunta, frente a ese khaos originario.
Entre la crítica de la razón pura y la crítica del juicio, la crítica de la razón práctica, nos indica que categorías e intuiciones, dejan de ser validas al lanzarnos a la búsqueda de un a priorí trascendental en el actuar, encontrando en el imperativo categórico la noción pura del deber como expresión de la voluntad, devela la libertad de la voluntad como transfenomenal. Volvemos entonces al reino del khaos, del espacio abierto.
Pensemos arte como voluntad, die Kunst: poder; voluntad de poder: libertad. Pensemos el arte como ese detonador que trasciende la forma, los conceptos, la obra como posible experiencia sublime en tanto que bomba estético-conceptual que nos desborda, que quiebra el tejido del juicio cognoscitivo permitiéndole a su materia nacer de cualquier otro modo. Mostrando al espectador en la experiencia estética provocada: somos voluntad libre (tal y como es expresada por el imperativo categórico); sí, circunscritos al mundo de la convención, de la ilusión, de la academia, de las reglas del juicio de gusto impuro, pero que sin embargo, aunque limitados a una historicidad, a una cultura, a los eslabones causales del mundo fenoménico, nuestra situación es la de voluntad libre. Gritamos hacia la disolución de tales reglas.
¿Es en la experiencia de lo sublime donde podríamos encontrar un símil con un alguna forma de experiencia mística (posiblemente argumentada en tanto que ethos de la voluntad? ¿Con ese religue no conceptual con el principio regulativo de unidad, no como una deducción discursiva del entendimiento sino como mera experiencia? ¿Esto es entendimiento experiencial? ¿La disolución del yo pienso/ urteilskraft frente al noúmeno? Disolución de la noción dual de realidad: interior vs exterior, para abordar a la noción de realidad como experiencia vital.
Lo bello como la fuerza que se despliega en el seno de las existencias, y que borra las contradicciones de la naturaleza, las cuales solo existen en nuestro lenguaje impuesto, en nuestro límite humano. El arte, en tanto que una imagen de lo bello, tal vez nos devela tal cosa. Cierto que estamos más allá de poder venerar y adorar obras de arte como expresión de lo divino, pero el arte mantiene un carácter religioso, religioso sin adoración, ni teísmos, sino como religare a nuestra actividad que nos define como humanos, como seres creativos. Nosotros creamos nuestro mundo humano.
Bibliografía
Kant Immanuel; Crítica del juicio estético. Selección de fragmentos de María Konta, edición tomada de: http://www.cervantesvirtual.com/FichaObra.html?Ref=2543.
Mansur Garda Juan Carlos; Kant, Ontología y belleza. México. Ed. Herder. 2010.
Camus Albert; El mito de Sísifo. Madrid. Editoria Alianza. 2002
Jung Carl Gustav; Sobre el fenómeno del espíritu en el arte y en la ciencia. Madrid. Ed. Trotta. 2007
Hulin Michel. La mística salvaje. (En las antípodas del espíritu). Madrid. Ed. Ciruela. 2007
Störig Hans Joachim. Historia universal de la filosofía. Madrid. Ed. Tecnos. 2000
Abbagnano Nicola. Diccionario de filosofía. México. Ed. FCE. 1998

No hay comentarios:
Publicar un comentario