LA IDEA DE BIEN EN PLATÓN, SAN AGUSTÍN Y SAN BUENAVENTURA
José Antonio Rumoroso Rodríguez
Universidad La Salle
Filosofía
México D.F.
“Good is a subject that has been the subject of philosophical discussions, since the Good is what gives the truth knowable objects and is the source of all being in man”.
El Bien es un tema que siempre ha sido objeto de múltiples discusiones filosóficas, toda vez que es lo que da la verdad a los objetos cognoscibles y constituye la fuente de todo ser en el hombre.
INTRODUCCIÓN
El bien es sin lugar a dudas uno de los temas que más ha sido objeto de reflexión por los filósofos de todas las épocas, toda vez que el bien es lo que da la verdad a los objetos cognoscibles, y es la fuente de todo ser en el hombre, y fuera de él.
La estructura del ensayo que hoy se presenta se divide en tres apartados:
El primero abordará el bien en Platón; en segundo a San Agustín, y en el tercero a San Buenaventura.
I. LA IDEA DEL BIEN EN PLATÓN
Antes de analizar este tema tan discutido por los filósofos antiguos, medievales, y aún por los modernos, tenemos que realizar el estudio de la noción de Bien, que es un problema de vocabulario, porque existen varios términos y expresiones que le son afines: bien, bondad y bueno. Por lo que en primer orden de ideas pasaremos a precisar tal concepto.
La palabra Bien, etimológicamente, se deriva del latín “bene”, que significa: aquello que tiene en sí mismo la perfección en su propio género; o lo que es un objeto de su voluntad, lo cual se mueve por el bien verdadero.
En la filosofía griega encontramos el origen de la teoría medieval sobre los trascendentales en cuanto que Platón, Aristóteles y Plotino perciben la profunda conexión existente entre lo uno, lo bueno y lo verdadero. Platón, en su teoría de las ideas, atribuye el lugar más elevado a la idea del Bien como fundamento de todo ente y de toda racionalidad y saber. Aristóteles busca lo que es propio del ser en cuanto tal y estudia lo uno, lo verdadero y lo bueno bajo los rasgos del primer Motor Inmóvil y del ser perfectísimo, único, sumo bien, pensamiento del pensamiento. Plotino considera la Unidad y el Bien como propiedades divinas y ve en el Nous su primer producto: la totalidad de los seres proviene del primer Ente en una serie de perfección decreciente, en la que el ser llega a perderse en el no ser.
En el ámbito de la filosofía medieval el Bien indica aquellas propiedades del ser que, como el ser mismo, superan cualquier determinación predicamental, ya San Agustín aplica a la revelación cristiana algunos principios del neoplatonismo y afirma que Dios, suma unidad y sumo bien, verdad y belleza suprema, hace libremente partícipes a las criaturas con su acto creador de la unidad, del bien, de la verdad y del ser. También Alejandro de Hales y San Alberto Magno O.P., relacionan lo uno, lo verdadero y lo bueno con el ente.
Santo Tomás de Aquino O.P., afirma la bondad de los seres en la medida en que tienen el ser, así como la unidad y la verdad de los mismos, en cuanto que lo uno no significa otra cosa más que el ente indiviso y lo verdadero no es sino una conformidad de las cosas con el entendimiento divino. En algunos pasajes también la alteridad es un trascendental.
El Bien es fin, puesto que atrae la actividad de los seres, y es, al decir de Aristóteles, forma que actúa al ser lo que posee, pues lo perfecciona de alguna manera, y esto sucede solamente cuando se hace un acto. Fuera del orden trascendental, cabe mencionar el bien, en lo físico, es decir en el universo que al cumplir sus respectivas leyes naturales, producen un bien general; pero que la suma de estos bienes origina armonía del mundo. En efecto, los males físicos, son privaciones de bienes, así un como una inundación o un incendio que impide una cosecha; pero éstas al ser consideradas en el seno de la armonía, quedan sin el carácter de males, por el hecho de estar ayudando a la realización del equilibrio en general del mundo.
1. La idea del bien en Platón
Al analizar sus diálogos, se nota un punto oscuro en cuanto a las relaciones del Bien y Dios pero también nos habla de los atributos supremos, deducidos de la idea del Bien. Al único Dios parece concebirlo, algunas veces como un ser abstracto otras como una persona, y otras más como el alma del mundo y fuente de todos los espíritus, y el que organiza el cosmos.
La ética de Platón se funda y se contiene en su Metafísica. El alma es prisionera del cuerpo en el mundo sensible, se da cuenta que su fin último no es esté mundo sensible, debido a que lleva el bien consigo, y ésta busca su realización y destino ultraterreno. Por lo cual el alma tiene que luchar por dominar las pasiones corpóreas y por tratar de conocerse y buscar la verdad. Al llevar una vida moral, el alma desarrolla un ejercicio intelectual, que es pura contemplación de las ideas.
La moral de Platón está animada de aquella fe suprema, que vio brillar en el rostro de Sócrates, en el momento de su muerte. Aquella muerte que no se quiso evitar, requiere ser explicada de otra filosofía, que es la de la verdad.
Esta es la ética de Platón, que concuerda perfectamente con su sistema, decididamente orientado hacia la trascendencia, profundamente animado de espíritu místico y religioso.
Platón sabe que el fin de la vida es la realización de un bien todo espiritual, pero también que el hombre vive en un cuerpo, por lo que tiene que disciplinarse, de manera que transforme en bien, lo que es mal. En efecto, Platón trata de que se desarrollen los valores éticos y se llegue a los espirituales, siendo uno de ellos el Bien Supremo, creador de los demás valores. Pero notemos, el hecho de que Platón subordine las demás virtudes que cultiva el hombre para llegar a la única que está sobre todos y que es la sabiduría o contemplación de las ideas; es decir, se preocupa por el desarrollo de valores superiores en un orden de gradación hasta llegar a la idea del Bien, que es inmutable y eterno.
Para Platón, los valores éticos como la justicia, que es el mayor bien del alma, y la injusticia, que es el mayor mal, son propiedades del ser único.
Rechaza todo desvalor que se le atribuía a Dios en las fábulas de Hesíodo y Homero, y pide que se le presente tal cual es: esencialmente bueno, porque Dios no puede ser causa del mal. “No hace nada que no sea justo: si castiga a los perversos es para su conversión y su bien. Dios es simple, sin diversidad ni mentira; no cambia de forma, ni disfraza su ser, ni la verdad que es El”.1
2. El Bien en los diálogos
En los diálogos fluyen los valores inferiores atribuidos a los dioses, siendo éstos más que principios utilitaristas y materiales para alcanzar un placer pasajero; pero ya después en el Píndaro, Dios es la fuente de virtudes y se le piden gracias morales. Es justicia y no realiza ningún desvalor, siendo unidad absoluta.
Platón, combate los argumentos de Eutifrón; de que los dioses eran inmorales, y esto con el fin de legitimar las malas acciones y otras similares atribuyéndoselas a los dioses. El primer argumento puesto en boca de Sócrates, es que las dimensiones tanto entre los hombres como entre los dioses, versan en torno a lo justo, y a lo injusto, lo bueno y lo malo; el segundo argumento es, que las fábulas que se deben contar a los niños, deben ser al contrario, es decir, para los mayores, puesto que son las más apropiadas para ejemplo de la virtud. Por lo cual se debe decir que Dios es Bueno por esencia y que no obra el mal, que es inmutable y que no engaña jamás.
En la Apología, Sócrates es acusado de ateísmo y de corromper a los jóvenes por enseñar un nuevo Dios o demiurgo; pero Sócrates lo que quería era reformar la religión del pueblo, y, además, tratar de dar una nueva formación a los jóvenes.
En este diálogo, la concepción platónica de Dios se identifica con la de Sócrates, porque existe una inteligencia ordenadora del mundo, de la cual participa el alma y se le respeta por ser el bien, del cual se deriva la suma de las leyes morales y sociales; pero este bien tiene su contrario que es el mal eterno, “solo que éste no existe entre los dioses, sino en la tierra y en la naturaleza mortal… pero Dios no es la causa del mal, sino de todo bien”.2
En el Teetetes no se habla de dioses sino de Dios, porque posee al máximo todas las virtudes y tiene atributos personales: que es un Dios esencial y solamente bien.
Se ve claramente como un hombre totalmente pagano va descubriendo valores en las cosas que le rodean con la sola luz de la razón; pero después intuye valores que son más altos y por tanto, propiedades del ser. Y es así como trata de encontrar el Sumo Bien, que es autor de todo lo creado.
En el Banquete, nos habla del amor, señalando que en el que ama no hay lo bueno y lo bello, sino el deseo de lo bello y de lo bueno; pero éstos últimos residen en un gran Dios; pero a la vez nos aclara que amor es deseo y no felicidad. En cambio los dioses son felices, porque poseen la belleza y la bondad, pero para comunicarla a los hombres se sirven del “eros”, que es un demiurgo, intermediario entre los hombres y los dioses, ordenando a aquellos que mejoren, viviendo con el deseo de lo bello, de lo bueno y de lo verdadero.
El Dios de Platón se identifica con la idea de lo bello en sí y por sí. Pero esta idea de lo bello no es una inteligencia, sino una inteligible impersonal, objeto de la inteligencia, pero que después se identificará con lo divino. En el diálogo de Fedón, nos habla del demiurgo, que es artífice del mundo, y así cosmologiza a Dios, por lo cual, se le podría llamar un dios físico y no un Dios moral.
Pero cuando trata de demostrar el origen del mundo, Dios es el artífice, cambiando su filosofía al campo gnoseológico, moral y político, y centraliza preferentemente las ideas en lo Divino.
En la República están explícitamente presentes tanto el concepto de demiurgo, entendido como Dios, como las ideas entendidas como lo Divino. Lo primero que destaca de la consideración que Platón hace del Bien en la República es la aparente contradicción o desproporción entre la importancia que otorga al conocimiento del Bien en lo privado y, especialmente, en la dirección de la vida política, y el breve tratamiento sustantivo y formal que recibe el conocimiento más sublime de la filosofía platónica. Si consideramos la extensión que dedica a la Idea de Bien con relación a la extensión que dedica a otros asuntos en la obra (por ejemplo a las objeciones sobre el deber obrar justamente con independencia de los resultados, a la construcción ideal del Estado, a la naturaleza del verdadero filósofo o a la exposición y análisis de las diferentes constituciones políticas), parece que lo que Platón nos dice del Bien es una mera indicación de su valor más que un "tratamiento sistemático" que fundamente o justifique esa misma tesis. Sobre el porqué de este hecho, sin embargo, sólo pueden establecerse conjeturas.
En el libro VI de la República, Sócrates habla de una ciencia que supera todas las otras: la Ciencia del Bien. Las otras virtudes existen solo en cuanto participan de la idea de Bien, por lo cual, las ideas son inteligibles por esta participación. La unificación del mundo de las ideas en torno a una Idea Suprema, que según platón, es a veces la idea de lo bello, otras del bien, otras del ser, porque lo que es bello es bueno y el ser supremo es bello y es bueno. Platón para aclarar su pensamiento recurre a la semejanza de la luz del sol, que hace visibles las cosas, aún las ideas se hacen inteligibles por la Idea de Bien; por lo cual el entendimiento explicará intelectivamente el mundo por medio de la idea del bien. Esta no se identifica con las ideas ni con el conocimiento, sino que toma suma importancia teológica; pero no es Dios, sino algo impersonal inteligible: es lo divino, lo más divino entre ‘las ideas. Efectivamente, “Platón dice que la idea del bien es superior al conocimiento y a la verdad y por esto es incognoscible, está más allá de la sustancia, más allá del ser ciertamente la idea del bien posee caracteres para ser Dios pero queda como un objeto de contemplación”.3 Precisamos que Platón considera como Dios al demiurgo limitado por las ideas que Lo dominan, con mayor razón la idea del bien, la idea de lo bello que son ‘esencias livianísimas, pero no Dios. “Las ideas son el fundamento de la vida estética, moral y también religiosa”.4
En el ser supremo se encuentran los valores que realiza en toda su extensión, así como “no hay una inteligencia que contenga en sí los inteligibles, ni ser que pueda realizar la comunidad de ideas, sino que solo el Inteligible Supremo es el que realiza la implicación de las ideas”.5 Pero vemos que Platón individualiza la causa del bien y la del mal, y las distingue netamente: en el cosmos hay una finalidad y necesidad, Dios y la materia. Además, el mundo con su orden demuestra la existencia de un Sumo Bien. En él hay orden y perfección; por lo tanto, existe una inteligencia o Dios’ que es causa del bien y la bondad.
Hemos analizado que lo divino se identifica con el mundo de las ideas, o mejor, con las ideas divinísimas de lo bello, del bien y del ser, donde el bien es el supremo principio de la inteligibilidad.
II. EL BIEN EN SAN AGUSTIN
San Agustín sigue la línea del pensamiento platónico, pero cristianiza su doctrina.
Cuando se escruta las profundidades de Dios, de su unidad, de su Trinidad, es para saber la magnificencia de nuestro fin, que es contemplar a Dios y tener un anticipo de ese gozo. “San Agustín al analizar la Sagrada Escritura, encuentra algunos puntos con los cuales podrá formar una moral de tipo filosófico: la existencia de Dios, la necesidad que tiene el hombre de aspirar a la beatitud, la distinción irreductible entre el bien y el mal, la existencia de la Ley Eterna y de la ley natural; y las condiciones del acto moral”.6
Dios es la verdad, por eso mismo es el soberano bien, y es el término que debe proponerse todo ser dotado de inteligencia. Lo sensible no se puede poner en parangón con lo inmutable y eterno, porque es pasajero, por lo que el hombre debe desear el bien, para obrar bien y darle su debido lugar a lo sensible. En efecto, en sus teorías morales, especialmente en el amor al Bien Supremo, no suprime en el hombre el amor a sí mismo ni el amor al prójimo.
1. El Soberano Bien
Una moral bien formada trata del absoluto, lo divino, y la de San Agustín, especialmente, trata del Soberano Bien del cual debemos hacer depender todos nuestros actos. Descubrir, decía él mismo, el Soberano Bien y determinar la relación que con él tienen los actos humanos, es el fin de la Moral. “El fin de nuestro bien, es un bien que todos los demás deben ser buscados por causa de él, mientras él es buscado por sí mismo. Aquí llamamos bien no lo que destruye, sino lo que perfecciona. El fin del mal es llevar hasta su último grado de maleficencia. Estos fines son el Soberano Bien y Soberano Mal”.7
Para San Agustín el Soberano Bien, es “Aquél en el que todos dependen de ser dichosos, en efecto, cuando se goza del bien por amor del cual quiere tener todo lo demás, y que ama, no por amor a otro, sino por sí mismo, y por eso se llama fin, pues no hay nada a que él tienda a su vez, ni de que él dependa. En él se encuentra el reposo del deseo, la seguridad, el goce y la alegría serena de una voluntad perfecta”.8 Pero también el hombre busca la felicidad, que es común a todos los demás, aunque sea malvado; éste la busca en las cosas robándolas, con lo cual queda satisfecho, pero esa dicha no la ha sacado del bien, lo cual es un error; por esto dice San Agustín: “Querer lo que no me conviene, es una enorme desgracia. Es menor desgracia no obtener lo que se quiere que querer obtener lo que no conviene”9.
Pero ¿acaso el hombre no podrá hallar la felicidad? La respuesta de San Agustín es afirmativa: Cada acto volitivo es un impulso a la beatitud; en efecto, si se estima algo más, es la beatitud. Esa se convierte en el Soberano Bien y poseerla será la verdadera perfección y la verdadera felicidad. Dios ha dado al alma una naturaleza tan poderosa, que de su perfección se la ha prometido a los santos para el fin de los tiempos. También nos habla de las virtudes que son guías para llegar al Soberano Bien, por lo que las virtudes coadyuvan al hombre a realizar una vida bien organizada cuyo fin son bienes para alcanzar su perfección; y después, pasar a la contemplación del Soberano Bien.
“Si cualquier filósofo limita nuestra existencia a la vida presente y quita toda finalidad y toda significación a nuestros impulsos hacia la moralidad, suprime el Soberano Bien, que no es de este mundo. Si se borra la virtud en la práctica de este mundo, también se suprime el Soberano Bien, arrebatando a la virtud su razón de ser, por lo que no queremos, ni podemos querer la virtud, lo más que por amor al Soberano Bien”.10
2. El Soberano Bien en Dios
Gozar de la perfección divina, tal es el mayor goce y por lo tanto, el Soberano Bien para el hombre. Los platónicos han visto esa verdad y han sabido relacionarla a sus enseñanzas sobre Dios, Creador y Luz del hombre, siendo esta la razón porque San Agustín prefirió esos filósofos y no otros, pues “mientras aquellos filósofos han utilizado su espíritu y sus estudios para buscar las causas de las cosas, así como el método de aprender y de vivir, éstos han conocido a Dios y por ese mismo hecho han descubierto donde se encontraba la causa del universo creado y la luz para percibir la verdad y la fuente en que beber la felicidad”11.
El hombre se esfuerza por adherirse a Dios y por buscar su renovación, y reforma en ese bien inmutable, del cual comprende que se deriva toda belleza y aún la capacidad de recibir una forma bella, antes que la tenga, puesto que llamamos informe a lo que es susceptible de tener forma; pero se ve claramente que San Agustín amaba lo secundario hasta que vio que las cosas le hablan de Dios, cuando se expresa: “Os he amado tarde, belleza tan antigua y tan nueva! ¡Os he amado tarde! Y vos estabais dentro de mí, pero yo estaba fuera, y allí os buscaba; y desordenadamente me lanzaba sobre estas cosas tan ordenadas que habéis hecho. Vos estabais conmigo, y no estaba con Vos. Me tenían lejos de Vos esas cosas que no existirían si no existieran con Vos. Vos habéis llamado... Vos habéis brillado, habéis resplandecido, y habéis disipado mi ceguera. Habéis exhalado vuestro perfume, y os he aspirado, y os deseo…me habéis tocado y me he inflamado por vuestra paz”12.
En la teoría de las ideas de Platón, cuando habla de la inmortalidad del alma, cuando ésta vuelve a bajar a un cuerpo se acuerda únicamente de lo malo, lo cual es un error. Porque trastorna los valores, porque exalta la ignorancia; deprime la esperanza; aniquila la beatitud. Esta última característica basta para demostrar el error de todo el que pone como Soberano Bien una dicha que termina. El hombre busca la posesión eterna de Dios, he ahí el Bien Supremo. Tal es la certidumbre de la Ciudad de Dios: “Si se nos pregunta ¿cuál es sobre cada punto la respuesta de la Ciudad de Dios, ante el Soberano Bien y el Mal? responderé que el Soberano Bien es la vida eterna y que el Mal es la muerte eterna. Para ganar la primera y para evitar la segunda debemos vivir como hay que vivir”.13
La vida eterna consiste en alcanzar la visión de Dios, del verdadero Dios, del Dios supremo. “Ver a Quien nos ve tal es lo que es bueno; y no como los que adoran los falsos dioses aunque tienen ojos, no los ven. . .“14
Hay actos buenos y malos; pero aquellos deben ser buenas acciones sometidas a la fe, y ésta a Dios, puesto que ayuda a refrenar los placeres mortales y los reduce a la regla natural, poniendo por un amor ordenado lo que es elevado por encima de las cosas inferiores. Pues en ese amor a Dios se encuentra la belleza y la perfección del alma. Porque, El, que es eternamente bello, ha sido el primero en amarnos, aunque éramos feos nos amó para hacernos bellos. “Tanto crece en ti el amor, tanto cuanto crece tu belleza, pues la caridad es la belleza del alma”.15
III. EL BIEN EN SAN BUENAVENTURA
- El Soberano Bien y la virtud
Para San Buenaventura, el Bien es el ser Supremo, que es Dios, autor de cuanto existe y ha existido, y además fuente y fin de lo bueno, justo. Único juez de toda acción mala. Para el Doctor Seráfico, el conocimiento estará empapado de Dios; seguirá las fórmulas agustinianas, haciendo una fusión de filosofía y teología. En efecto, el Soberano Bien, es la Beatísima Trinidad, un conocimiento integral de los seres, aún desde el punto de vista filosófico, requiere algo más, debe descubrir en ellas lo que realmente contiene: la traza divina, el vestigio de Dios impreso en ella por el acto creado, y por este vestigio subir al Creador, de donde dimana la luz que ilumina en toda su amplitud y hace inteligibles a las cosas.
Por tanto, en cada creatura existe un resplandor del Divino Ejemplar, pero mezclado con tinieblas. De aquí que toda creatura viene a ser un simulacro de la Divina Sabiduría, algo así como una escultura.
En primer término no podemos pensar en el Ser Divino como Bien sin que lo veamos al mismo tiempo como difusivo de sí. Y por eso lo más ofensivo e injurioso, fuera del pecado es ‘el despreciar el divino precepto y el apartarnos del Bien inmutable, porque esto ofende a Dios, deforma el libre albedrío, destruye el don gratuito y nos vincula al suplicio eterno”.16
Pero las virtudes en el hombre lo conducen a El tales como: “la fe nos encamina, creyendo y asintiendo, a lo sumamente verdadero; la esperanza nos lleva, apoyándonos y esperando, a lo sumamente arduo; la caridad, deseando y amando, nos dirige a lo sumamente bueno”17 .
Notemos que las virtudes se relacionan con la caridad, como su origen, forma y fin. Tenemos que las demás virtudes gratuitas guardan conexión entre sí en cuanto son hábitos y son iguales por razón de los actos meritorios que producen. De esto se deriva que las demás virtudes puedan ser informes, fuera de la caridad, que es la forma de las virtudes.
La felicidad se encuentra en el Sumo Bien, y para poseerlo dentro de la mística, es preciso ser elevado hasta El en virtud de una fuerte moción divina, a la que San Buenaventura llama “sursumactio”, y esto se logrará únicamente por la oración.
El Doctor Seráfico saca raudales de esplendores en todos y todas las cosas de la divina potencia y ésta le llevará a la sabiduría y bondad suprema que es Dios.
Otro camino para llegar a ese Supremo Bien es mediante la especulación del número, pues éste filosóficamente significa proporción y armonía, por lo tanto es el principal ejemplar que bulle en la mente Divina; y es el principal vestigio que nos lleva a la Eterna Sabiduría. Pero no solo con las operaciones del alma se contempla a la eternidad, Suma Verdad, y la Suma Bondad; sino investigando en el orden, en el origen y en las relaciones de las potencias hallamos que el alma es imagen de la Beatísima Trinidad.
La noción del Ser Divino y la de Bien, son dos formas intelectuales culminantes que adornan y perfeccionan el alma, y son los reflectores supremos de la Divina Luz.
2. El Sumo Bien en el “Itinerario”
La difusión suma del Sumo Bien, iniciando su movimiento en el amor, termina en el amor subsistente, que es el Espíritu Santo. El bien, en efecto, es difusivo de sí mismo; luego el Sumo Bien es difusivo de sí mismo.
San Buenaventura hace una relación de la difusión temporal de las creaturas consideradas como centro o punto, razón por la cual se podría concebir otra difusión mayor, la que sería aquella en la que el bien difusivo comunicase a otro toda su sustancia y naturaleza. Luego, el bien no sería Sumo Bien si tanto en sí mismo como conceptualmente, careciera de la difusión divina, no sería bien. (Es así como explica la Bondad Eterna y a la vez la Santísima Trinidad).
Después nos habla de los atributos de Dios, que son: “el primero y último, el eterno y enteramente presente, simplísimo y máximo, o incircunscripto, todo en todas partes, pero nunca comprendido, actualísimo, pero nunca movido, perfectísimo sin superficialidades ni menguas; pero, con todo eso, inmenso e infinito, sin límites, unicísimo; pero omnímodo (en cuanto contiene en sí mismo todas las cosas), esto es toda virtud, toda verdad, todo bien” 18 Luego, en un vertiginoso vuelo mental, en el cual manifiesta las maravillas que exceden toda capacidad del humano entendimiento: ve en Cristo, unidos, al Ser Primero y Último, el Supremo y el Ínfimo, Alfa y Omega, el Creados y la Causa, capaz de poner en la inteligencia la máxima iluminación.
Nos habla de que debemos amar al Sumo Bien por ser Primer Principio, y porque en Él se encuentra el descanso, por lo cual, “este bien es amado por ser beatificativo, y en consecuencia entran los demás bienes para ser beatificados por El; pero con Él se entra en el círculo de las bienaventuranzas. Y como nuestro prójimo está llamado a las bienaventuranzas, juntamente con nosotros y nuestro cuerpo, todo beatificable, por estar unidos con el alma; por eso solo se deben amar: Dios, el prójimo, nuestra alma y nuestro cuerpo”.19 Pero, he aquí las razones del porque este modo: amor a Dios porque está sobre nosotros como Bien Supremo; a nuestra alma porque está dentro de nosotros como bien interior; a nuestro prójimo, como bien equiparado a nosotros o emparentado, y a nuestro cuerpo por ser un bien inferior sometido a nosotros. Por tanto, cabe mencionar, acerca del bien moral, cuando dice: “que la voluntad es divina por su fin, es decir, no solamente buena por su fin, sino porque ella misma se hace buena por el movimiento que la ordena a su fin. La bondad del fin reside ante todo en su perfección intrínseca; cuanto más elevado sea el orden del ser, tanto más será eminente y última en el orden del fin”20.
CONCLUSIONES
· El Dios de Platón está dotado de los atributos de la eternidad y de la inmutabilidad, providencia y salvación y esencialmente bondad. Pero las ideas lo trascienden, por lo cual su teología es negativa, y se ve en la necesidad de poner un intermediario que es el ‘‘eros”.
· Otro punto; que lo divino se identifica con las ideas o mejor con las ideas divinas de lo bello, del bien y del ser. Lo divino constituye la máxima aspiración del hombre, así como en el Banquete lo bello en sí es lo Divino; también en la República donde la idea del bien es el principio supremo de la Inteligibilidad, y en el Sofista, en el que el ser pleno es la unidad del mundo de las ideas. El alma comprende que las diversas bellezas corpóreas no son sino reflejo de una sola e idéntica belleza, siendo ésta la idea del bien. Por tanto, para Platón, el Sumo Bien no es la posesión de la virtud, ni el vivir conforme a una ley, sino la visión perfecta de lo divino en sí; ni virtud significa orden y armonía de nuestros actos, sino “mortificación del sentido”, morir al mundo para realizar el más alto grado de contemplación de lo divino, que le ha sido concedido al hombre aquí en la tierra.
· La respuesta al problema filosófico sobre el soberano bien dice San Agustín es una respuesta cristiana, por el hecho de que la visión de Dios, Soberano Bien del hombre, único acto que apacigua todos sus deseos, única beatitud perfecta, no es, sin embargo, una conquista que puedan lograr los esfuerzos del hombre. Es una gracia que depende del buen grado divino. Que Dios quiera acordarla y que la reserve a sus elegidos, no podríamos saberlo si no lo hubiera dicho El mismo.
· El hombre quiere necesariamente la felicidad que consiste en gozar de Dios. En realidad, Dios ha querido que sus elegidos gocen de Él en la visión cara a cara. Por lo que sabemos dónde se encuentra el Soberano Bien y así entonces, habremos encontrado el fundamento del Bien Moral y del deber.
· San Buenaventura considera, todo acto del hombre como un movimiento para un fin que sea bueno. También sigue la línea de San Agustín, y considera que las virtudes adquieren su forma en la caridad, y que éstas conducen al hombre hacia el Supremo Bien, único actor y creador de las cosas y del cosmos y que por eso las creaturas son espejos de Dios. El Supremo Bien, al crear al hombre, le deja una huella en su alma y por tal motivo, ha habido y hay tantos filósofos paganos que nos hablan del Bien, porque cuando observan la naturaleza, los actos humanos, encuentran rastros de un bien que es supremo; pero que nosotros sí le conocemos: Dios Único, Bueno y Verdadero.
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2 SCIACCA, Francisco, Platón, Ed. Troquel, Argentina, 1951, p. 334.
3 Idem, p. 339.
4 DIES, Augusto, Platón, p. 340.
5 SCIACCA, Francisco, Platón, p. 341.
6 BOYER, Carlos, San Agustín y sus normas morales, Ed. Excelsa, Argentina, p. 17.
7 De Moribus Ecclesiae, lib. 1, cap. XI, núm. 80.
8 Epístola CXX VIII, cap. II, núm. 13.
9 Trinitate, lib. XVIII, cap. V, núm. 8.
10 Epístola CXXX, cap. VI, núm. 24.
11 De Civitate Dei, lib. VIII, cap. X, núm. 1.
12 Confesiones, lib. X, cap. XXVIII.
13 De Civitate Dei, lib. XX, cap. IV, núm. 11.
14 Sermo, LXIX, cap. 11, núm. 3.
15 De libero arbitrio, lib. 1, cap. VI, núm. 5.
16 Breviloquio, cap. III, núm. 2.
17 Idem., cap. IV, núm. 4.
18 Itinerarium Mentis in Deo, cap. VI, núm. 5.
19 Breviloquio, cap. VIII, núm. 2.

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