jueves, 29 de agosto de 2013










AXIOLOGÍA Y ÉTICA EN MAX SCHELER



José Antonio Rumoroso Rodríguez







Universidad La Salle



Cd. de México



Publicado en la Revista Logos de la Universidad La Salle



A mi amada esposa Valentina Vázquez de Rumoroso





“Max Scheler no actual ethics of values, but rather a foundation of ethics on a theory of values”.





Introducción



En el año de 1916 surge la axiología fenomenológica con Max Scheler en su obra: El Formalismo en la Ética y la Ética Material de los Valores en que aplica el método fenomenológico de Husserl a la axiología. En esta obra trata de exponer una ética anti kantiana, a la cual le deja el carácter a priori, pero desdeña absolutamente su formalismo substituyéndolo por un a priori material y objetivo; tacha a la ética kantiana de vacía, infructuosa y de unilateral, la cual sólo mira el deber ser y descuida por completo la lógica del corazón. Lo que Scheler ofrece, no es propiamente una ética de los valores, sino más bien una fundamentación de la ética en una teoría de los valores . Diez años más tarde Nicolai Hartmann construye su ética sobre las bases puestas por Scheler, pero se va hasta el otro extremo y objetiviza de tal modo los valores que les da un puesto ontológico olvidándose del derecho de la subjetividad viviente e inobjetable de Dios y de los hombres.

Tres son los puntos fundamentales en que se basa la ética de Scheler, en primer orden coloca a la persona, en donde defiende la interioridad y la conciencia del hombre en sus relaciones con Dios y trata de ver el valor y situación de las normas en un determinado proceso ético. En segundo lugar coloca el valor, trata de lo que es, el modo en que se conoce y para lo cual nos sirve. En tercer grado coloca al amor como un motor que induce a la persona a conquistar los valores superando toda clase de normas y de leyes.



1. Axiología y ética en Max Scheler



La influencia de Max Scheler (1847-1928) en el pensamiento contemporáneo se extiende no sólo a la Filosofía, sino también a la sociología y la religión.

Los trabajos que Scheler publicó antes de 1913, aparecen influidos por la Filosofía de Rudolf Christoph Eucken , de quien fue discípulo directo. Entre los años 1913 y 1922, que constituye la etapa más fecunda de su vida, Scheler se muestra fenomenólogo en cuanto a método, personalista en cuanto a la moral, teísta en cuanto a la metafísica y católico en cuanto a la religión. En una tercera etapa Scheler deja de acentuar la tendencia teísta y deriva hacia el panteísmo.

En 1913 publica la “Fenomenología de los sentimientos simpáticos”. De 1913 a 1916 apareció en el anuario de Husserl, la obra de Scheler: “El formalismo en la ética material de los valores”. En 1919 publicó el ensayo: “Acerca de la subversión de los valores”. En 1921 apareció “De lo eterno del hombre”. En 1923, “La esencia de las formas de la simpatía”, lo mismo que los problemas de una sociología del conocimiento. En 1928 apareció “El puesto del hombre en el Cosmos”. Publicó, además otros muchos ensayos filosóficos y obras de carácter político.

En su obra, el propio Scheler ha indicado variadas y hasta contradictorias fuentes de su pensamiento, que van desde San Agustín a Husserl, pasando por Pascal, Malebranche, Nietzsche, Dilthey, Henri-Louis Bergson, Franz Brentano y Rudolf Christoph Eucken. Debido a la confluencia de tan variadas corrientes de pensamiento que desembocan en su obra, Scheler ha sido llamado como el Nietzsche católico.

A los ojos de Scheler, San Agustín y la tradición católica agustiniana a que pertenecen según él, Pascal y Malebranche, representan un concepto del amor totalmente opuesto al amor intelectualis de Platón, Plotino, Santo Tomas de Aquino O.P. y Baruj Spinoza.

Según esta corriente intelectualista, el amor es el tránsito de un conocimiento débil a un conocimiento más amplio, operado por la visión de una idea prexistente: es, en suma, una tendencia o movimiento del mundo real hacia el mundo ideal, basado en el intelecto.

Para los agustinianos, por el contrario, el amor constituye el plano supremo de la vida emocional y su esencia misma es supra y tras intelectual. Las cualidades que se ofrecen a la inteligencia son manifestaciones del ser o de su perfección. En cambio, al amor se ofrecen valores, no existencias. En esta otra concepción, el amor no sólo es por su objeto independiente de la inteligencia, sino que todo conocimiento por la inteligencia presupone y se funda en el amor. No es un movimiento de lo real a lo ideal, de lo más bajo a lo más alto sino un torbellino que desciende de lo más alto a lo más bajo para elevarlo hacia sí. En consecuencia con estas tesis, Scheler trata de basar todo el conocimiento filosófico en el amor y fundamentar, siguiendo las huellas de Pascal, una lógica del corazón y un orden del corazón.

De Franz Brentano, Scheler recoge y desarrolla la teoría del amor y del odio intencionales en la que aquél basa todos los juicios de valor.

Scheler reconoce graves errores en la obra de F. Nietzsche, pero a sus ojos este autor tiene grandes méritos:



a) Fue el primero en reconocer en nuestra época toda la falsedad de la concepción mecanicista de la vida, basada en última instancia, en la moral utilitaria ; y, b) haber tenido la entereza de expresar que la moral utilitaria, según la cual la individualidad concreta debe subordinarse a la pálida abstracción de la persona en general, es una perniciosa ilusión debida al resentimiento de quienes carecen de valor frente a los que lo tienen.

En Henri-Louis Bergson, Scheler toma en sus manos el desconocimiento de lo ideal, del acto intencional y de la intuición esencial, así como la ausencia de distinción entre intuiciones intelectuales, emotivas y volitivas. Le reprocha, en suma, no haber sido fenomenólogo antes de la fundación de la fenomenología. Sin embargo, el gran mérito de Bergson consiste, según Scheler, en haber sabido dirigir el pensamiento moderno por rumbos muy distintos a los seguidos por la filosofía durante los tres últimos siglos.

El esfuerzo de Henri-Louis Bergson va encaminado a transformar la hostilidad cristiana contra el mundo en un impulso de amistad y simpatía hacia la realidad. Bergson, en oposición a Kant, imagina el movimiento de una profunda confianza en todo lo que se da inmediatamente, como una animosa acción de darse y de abandonarse de su yo a la intuición y a la tendencia de amor hacia el mundo. En el fondo de la filosofía bergsoniana no se encuentra una voluntad de dominar el mundo, sino un impulso de gozo de su existencia, de saludo a la expansión de la piedad vital. Pero, a juicio de Scheler, el mayor mérito de Bergson radica en haber puesto en un mismo plano la concepción teológica y la concepción racionalista, mostrando que ambas son producto de la disgregación que el impulso irracional ha sufrido en manos del racionalismo.

Estas diversas y variadas influencias condujeron a Scheler a asumir una decidida posición en contra del logicismo trascendentalista de los kantianos y por este camino, al acercarse a la fenomenología de Husserl.



2. La idea de hombre en Scheler



Según Scheler, en el hombre existen tres clases de saberes:



a) El saber inductivo de las ciencias positivas que tienen por objeto la realidad y se basa en el instinto de dominación; b) el saber de la estructura esencial de todo cuanto es, que radica en averiguar en qué consisten las cosas, para lo cual prescinde de la existencia real de las cosas; este saber tiene por objeto a priori; c) el saber metafísico o saber de salvación, que surge de la confluencia de los resultados obtenidos por las ciencias positivas con los obtenidos por la filosofía de las esencias, su primera pregunta, según Scheler, debe ser, ¿qué es el hombre? Con lo cual este saber se convierte propiamente en una meta antropología.

Las discrepancias de Scheler con Kant se encuentran, propiamente, en el plano correspondiente al saber de la estructura esencial. Ambos filósofos están de acuerdo en que existe un conocimiento de lo a priori.

Son a priori todas aquellas proposiciones y unidades significativas ideales que se dan en la conciencia de la experiencia sensible y de la inducción, con independencia de toda posición del sujeto que la piensa. Situados en este plano, es fácil notar tres discrepancias fundamentales entre Kant y Scheler:



a) Para el primero, los juicios constituyen primordialmente lo a priori; para el segundo, lo constituyen las esencias.

b) Para el primero sólo es evidente lo a priori formal; para el segundo hay un a priori material, constituido, como tendremos ocasión de ver en los valores.

c) Para Kant la teoría del conocimiento constituye la teoría fundamental de lo a priori al preguntar, ¿cómo es posible que se dé algo?, para Scheler, en cambio, la teoría del conocimiento no es más que una parte de la teoría que se ocupa de las conexiones objetivas entre las esencias, la cual responde a una pregunta previa a toda otra: ¿qué es lo que se da?

d) Kant sostiene en una tesis idealista subjetiva sobre la espontaneidad del pensamiento según la cual, todo lo que en la conciencia es enlace, ha tenido que ser producido por el entendimiento, con lo cual éste percibe sus leyes a la naturaleza. Scheler, por el contrario, sostiene que esta tesis es radicalmente falsa ya que el entendimiento sólo puede establecer lo que descansa en una convención, pero nunca en las leyes de la naturaleza. Y,

e) Kant equipara lo a priori con lo racional, en tanto Scheler sostiene que no sólo lo racional sino toda nuestra vida espiritual, posee un contenido a priori. Hay, por tanto, un elemento a priori en la parte emotiva del espíritu, en el sentir, en el amar, en el odiar, con la diferencia de que lo a priori emotivo es de naturaleza irracional y puede ser captado únicamente por la intuición afectiva.



Lo a priori emotivo no es formal sino material e integra el reino de los valores. Los valores son verdaderos a priori morales. El propio Scheler ha designado a su doctrina con las expresiones de apriorismo material, apriorismo emotivo e individualismo emocional. La ética material de los valores viene a ser, en realidad, la antítesis de la ética formalista de Kant, la cual se resuelve en un verdadero logicismo moral imbuido de superstición de lo abstracto. El frío y formal imperativo categórico kantiano: de “Obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne en ley universal” , le parece a Scheler base inadecuada de la ética. Él se rebela contra todo intento de deducir lógicamente las reglas morales, sin tener en cuenta la experiencia moral concreta. Lo cual no quiere decir que el concepto de lo valioso moral se adquiera partiendo de la experiencia, sino que ésta sólo puede ser juzgada desde puntos de vista axiológicos.

La moral kantiana se funda en la idea del deber: el valor moral de toda acción depende de la concordancia de la conducta con el principio del deber o imperativo categórico. La ética material de los valores sostiene que el valor moral no se funda en el deber, sino al revés, todo deber encuentra su fundamento en un valor: lo que es valioso debe ser y sólo debe ser aquello que es valioso. Hay una certeza y una creencia moral específicas que nos permiten discernir lo valioso de lo anti valioso.

La ética de Scheler se desenvuelve en torno al concepto central de valor.





3. Los valores y la intencionalidad emotiva



Como ya hemos visto, Scheler descubre en el flujo de lo vivido cierta especie de esencias que no están directamente unidas a significaciones y que, no obstante, se descubren o aprenden mediante actos intencionales precisos, claros y comprensibles, pero estos actos intencionales desprovistos de significación (debido precisamente a esa circunstancia) no son actos intelectuales. Cuando se experimenta la belleza de una estatua, la nobleza de una acción o la bondad de una persona, no se aprehende directamente la significación de la belleza, nobleza o bondad sino una cualidad de la estatua, de la acción o de la persona: la cualidad de lo bello, lo noble o lo bueno. Las significaciones en modo alguno son necesarias para experimentar las cualidades irreductibles de lo bello, lo noble o lo bueno. Hay aún más, en aquellos casos en que las cualidades irreductibles de lo bello, lo noble o lo bueno se presentan junto a las significaciones correspondientes, éstas son siempre debidas a una reflexión intelectual posterior al acto de experimentar aquellas cualidades esenciales y son, por tanto, secundarias a ellas. De donde se concluye que la noción intelectual o significación de lo bello, lo noble o lo bueno no es inherente a la cualidad esencial de lo bello, de lo noble o de lo bueno.

Cuando experimentamos estas cualidades en las cosas, los actos o las personas, aprehendemos inmediatamente la esencia de lo bello, lo noble o lo bueno sin que el acto intencional mediante el cual son aprehendidas tales esencias exprese una significación. Ahora bien, como campo de las significaciones es el dominio particular de lo inteligible, de lo lógico, se deduce que estos actos intencionales desprovistos de significación no son actos lógicos o racionales, y, sin embargo, lo aprehendido aquí es, como en un campo racional, una esencia pura extra temporal. Las esencias no unidas a significaciones, que Scheler llama valores, están, pues, situadas fuera de lo inteligible, son a lógicas, irracionales, pero, al igual que las esencias racionales, los valores son extra temporales y tienen carácter apriorístico.

Un prejuicio que viene desde los griegos ha identificado en el pensamiento filosófico europeo lo ideal, lo extra temporal, la esencia con lo inteligible, lógico y racional. El descubrimiento de las esencias no significativas vino a poner fin a ese prejuicio: los valores constituyen un mundo inconmensurable de esencias ideales, extra temporales, pero al mismo tiempo, a lógicas o irracionales. Scheler concluye que la fenomenología de los valores es un campo de investigaciones completamente autónomo y no depende del que se fundamente en la lógica.

Los valores son cualidades irreductibles y esenciales, desprovistas de significaciones directas dispuestas por gradaciones e integrantes de un orden ideal jerárquico. La irracionalidad es una característica negativa de los valores, pero éstos poseen, además, dos características generales positivas:



a) Todo valor presenta un carácter bipolar, existiendo siempre en una forma positiva y otra negativa, como lo bello y lo feo, lo bueno y lo malo.



b) Los valores se presentan en forma jerarquizada, ordenándose en distintas clases y cada clase situada en un orden fijo de inferioridad o superioridad con relación a las otras clases: los valores de la vida afectiva sensible son inferiores a los valores vitales, éstos inferiores a los valores espirituales, los que, a su vez, son inferiores a los valores religiosos. Los valores, por consiguiente, forman un reino coordinado en el que rigen conexiones esenciales y leyes formales a priori.



La intuición esencial por medio de la cual se captan los valores es de un carácter completamente distinto de la intuición por medio de la cual se captan las esencias significativas. El acto intencional al que se ofrece un contenido desprovisto de significación directa puede ser caracterizado, según Scheler, como una intencionalidad emocional y más particularmente, como un sentimiento puro. La intuición de los valores - esencias se confunde con la intuición emocional pura dirigida inmediatamente sobre un dato imperceptible para otra clase de intuición que no sea intuición emocional.

Descartes, Spinoza, Leibniz y otros grandes racionalistas reconocieron el carácter intencional de las emociones, pero creyeron que la vida emocional se puede reducir a la vida intelectual; la emoción es, para ellos, tan sólo un grado inferior del pensamiento, o sea, un consentimiento oscuro que se aclara en la inteligencia. A partir de Kant se ha negado todo carácter intencional a las emociones, pero, por otra parte, se ha considerado a la vida emocional como irreductible a la vida intelectual. Sin embargo, se han interpretado todos los estados afectivos como simples estados sensuales y caóticos, que sólo pueden ser ordenados por la razón creadora. Según Scheler, ambas concepciones son falsas y perjudiciales para la teoría de los valores. Si bien, por una parte, lo emocional es absolutamente opaco a la inteligencia, por otra parte posee un carácter intencional completamente particular y original el cual se dirige a contenidos que son absolutamente inaccesibles a la intencionalidad intelectual. Los contenidos de la intencionalidad emocional son los valores.

Al proceder a la descripción fenomenológica de la intencionalidad emocional, Scheler comienza por establecer una rigurosa distinción entre los estados afectivos sensibles, y el acto de experimentarlos. Los estados afectivos sensibles, tales como el sufrimiento físico, no son actos intencionales, sino meros estados psicofísicos unidos casualmente a determinados estímulos. Ante un mismo estado afectivo sensible pueden variar los modos de experimentarlo. El mismo sufrimiento físico puede ser experimentado unas veces soportándolo y otras complaciéndose en él. El acto de experimentar un estado afectivo sensible es un verdadero acto intencional que determina inmediatamente en un contenido propio, sin mediación de ninguna clase de pensamiento o de representación. En este acto es, en realidad, el sentimiento intencional o percepción emotiva. Cuando se experimenta, pongamos por caso, el sentimiento de belleza de una estatua, el contenido de ese sentimiento, la percepción emotiva de lo que hay en él en este ejemplo la cualidad de lo bello no es idéntico al objeto de la percepción sensible de la estatua.

Scheler continúa su descripción fenomenológica distinguiendo tres planos diferentes en la intencionalidad emocional misma: a) el del sentimiento puro; b) el acto de preferencia o de repugnancia; y c) los actos de amor y de odio.

Scheler describe un primer estrato de la vida afectiva, al que llama plano de las funciones emocionales o del sentimiento puro, al cual se abre el mundo entero de los valores. El sentimiento puro es la especie más característica de la intencionalidad emocional, pero no es el plano superior de la misma. La intuición esencial de los valores se realiza mediante las funciones emocionales. El sentimiento puro aprehende toda clase de valores, pero aisladamente, sin distinguir sus reacciones de inferioridad y superioridad, ni tampoco la escala de los valores según su peculiar rango.

La escala jerárquica de los valores se distingue intuitivamente en un particular acto emocional, de especie superior al sentimiento puro: en el acto de preferir lo emocional, mediante el cual manifestamos nuestra preferencia o repugnancia. El acto de preferencia o repugnancia emocional no es un acto de elección entre varios bienes en los que se hallen encarnados distintos valores, sino un acto pasivo en que se experimenta la superioridad de un valor sobre otros. La preferencia emocional decide, pongamos el caso, si el valor de una persona es más alto que el de otra o si los valores vitales son interiores a los valores espirituales.

Sentada la distinción entre bienes y valores, según la cual, bienes son cosas que encarnan valores (bien es la estatua, valor es lo bello), Scheler introduce aquí otra sutil distinción entre la preferencia emocional como acto puro que se dirige a los valores, y la preferencia como acto empírico que se dirige a los bienes reales. Cuando se prefiere lo bello a lo agradable hay un acto puro de preferencias, pero cuando se prefiere una rosa a una violeta hay un acto empírico de preferencia. La primera clase de actos de preferencia admite reglas apriorísticas, la segunda clase no les admite; únicamente con respecto a éstos es que se puede afirmar aquello de que respecto a gustos nada se ha escrito. El acto puro de preferencia se realiza cuando un valor ha sido preferido a otro de una manera pasiva e inmediata: no es un acto de elección ni una tendencia o actividad; no tiene ninguna relación con la voluntad ni en general, con la realización de los valores.



4. Bienes objetos y tendencias



Para Scheler los valores son esencias emocionales puras, que poseen por tanto un riguroso carácter extra temporal y se ofrecen a la intuición emotiva con plena independencia de los bienes en que se manifiestan. Los bienes reales son cosas, en las que se encarnan valores, como tales están sujetas al tiempo. Los valores no son, como piensan los positivistas, propiedades reales de las cosas, por ello no pueden ser aprehendidos mediante inducción, observando los rasgos comunes a distintos bienes en los cuales encarna un mismo valor. La circunstancia de que los valores son cualidades irreductibles que se ofrecen al sentimiento puro con plena independencia de los bienes, es un hecho particularmente visible en aquellos casos por lo demás frecuentes en que observamos un valor, sin poder indicar a qué rasgos particulares del bien en que se encarna está adscrito. De todo ello se deduce que la moral no debe apoyar sus principios en los bienes, sino en los valores que son esencias intemporales.

No basta, a juicio de Scheler, distinguir los valores de los bienes; es necesario, además, no confundir los valores con los objetivos ni con los fines aspirados. Por otra parte, es necesario distinguir los actos emocionales a que antes hemos referido, de las aspiraciones o tendencias de la voluntad.

Fue en este punto en el que Scheler trata de demostrar varias tesis, las cuales pueden ser sintetizadas de la siguiente manera: a) los valores son independientes de los fines y los fines son independientes de los objetivos; b) los objetivos se fundan en los fines y los fines en los valores; c) la voluntad en sí misma es ciega para los valores; la voluntad supone las aspiraciones previamente racionalizadas por el sujeto, por ello para hacerse moral la voluntad tiene que apoyarse en una previa aprehensión de los valores, y d) las aspiraciones suponen los actos del sentimiento puro que, por naturaleza, son irracionales. El irracionalismo de Scheler es, como se puede ver, en un tiempo anti intelectualista y anti voluntarista.

La tendencia o aspiración es el impulso que nos lleva a desear la realización de uno o más valores. Toda tendencia o aspiración tiene un fin, el cual se da en el proceso mismo en que se manifiesta la tendencia. El fin es el término inmediato de una tendencia o aspiración; lo primordial, aquí, es la dirección misma de la tendencia. El fin puede o no, ir acompañado de la imagen o representación intelectual del bien en el cual encarnará los valores que se trata de realizar. El fin, en sí mismo, es independiente de tal imagen o representación. Los fines, en cuanto términos inmediatos de la dirección irracional seguida por la tendencia o aspiración, son independientes de toda representación o juicio y en general de todo acto intelectual. El objetivo supone siempre una imagen intelectual o representativa de algo que debe ser realizado por la voluntad. El objetivo es un fin representado; en otras palabras, un fin en cuanto propuesto por la inteligencia a la voluntad para ser realizado. La imagen intelectual es, aquí, un elemento esencial: el objetivo es siempre la imagen intelectual de un bien real. Un análisis posterior descubre en los fines representados dos elementos: un valor y la imagen o representación de un bien. En todo objetivo hay un valor, mejor aún: el valor es el contenido inmediato del objetivo. El hombre tiende hacia objetivos que entrañan o envuelven valores: siempre persigue valores. No es cierto que el hombre persiga siempre el placer, pues aún en los casos en que el placer se convierte en objetivo de una conducta, ello tiene lugar con la intentio de que se trata de un valor. Lo anterior no quiere decir que el valor esté necesariamente unido a la aspiración o tendencia. Se pueden sentir valores sin tender hacia ellos: por un acto de comprensión moral podemos apreciar los valores morales que caracterizan a nuestros semejantes, sin desear realizarlos en nosotros, sin tender hacia ellos. Los valores se ofrecen directamente al sentimiento puro, sin ninguna dependencia de la aspiración o tendencia, ni de los objetivos que ésta se propone. Los fines, en cambio, están fundados sobre un valor, por lo cual éste aparece siempre en la base de toda tendencia activa. El valor aparece, así, como una cualidad extra temporal, irreductible e irracional que no admite ninguna imagen representativa propia. Cuando alguien se propone el objetivo de fundar una institución con el fin de ayudar al prójimo, realiza el valor de la bondad moral, el valor fundamenta el fin, y en el fin fundamenta el objetivo. La moral, por consiguiente, se debe basar en los valores y no en los objetivos.



5. Inmutabilidad de los valores



Los valores forman un reino de esencias en el que rigen conexiones ideales y leyes formales a priori. Es un error creer que el contenido de los valores es una relación; pertenecen, por el contrario, a la categoría de cualidad. No son relativos sino absolutos e inmutables. Scheler distingue muy claramente entre los valores, considerados en sí mismos, y el conocimiento que de ellos tenemos. Los valores, en sí, son absolutos; el conocimiento de los valores es relativo. De no hacer esta distinción provienen muchas equivocaciones. Scheler, en este punto, hace una crítica de todas las formas del relativismo ético: una tras otra va desechando las tesis del subjetivismo que retrotrae los valores al hombre, el subjetivismo que los reduce a la vida y la tesis del relativismo histórico de los valores. Cierto que a lo largo de la historia humana ha habido, y seguirá habiendo, variaciones en cuanto a la manera de sentir de los valores, en cuanto al conocimiento de los valores, variaciones en los juicios sobre los valores que constituyen la ética concreta de un pueblo o de una época y, en consecuencia, variaciones de los tipos unitarios de instituciones, bienes y acciones de la moralidad práctica. Todas estas variaciones afectan al valor de la conducta humana, de las costumbres y de los usos sociales, pero ellas no afectan la inmutabilidad de los valores en cuanto esencias ideales. El cambio constante de la moralidad práctica, concreta, histórica, no altera la vigencia absoluta de los valores: estos pueden ser captados, comprendidos y formulados de muy diversas maneras, expresados en juicios más o menos adecuados, pero, en sí mismos permanecen absolutos e invariables.



6. Leyes generales de los valores



La inmutabilidad de los valores permite formular ciertas tesis generales o formales, de carácter axiomático, válidas tanto respecto a los valores de contenido universal como respecto a los valores de contenido individual y válidas también respecto a los valores que encarnan en cosas, como respecto a los que encarnan en personas. Las relaciones de los valores afirma Scheler son formales en tanto tienen un enlace que se aplica a todos los valores sin diferencia de especies y cualidades y de su relación con tal o cual soporte de valores. La división de los valores en positivos y negativos, y el estar colocados en una escala jerárquica, son ejemplos de estas leyes axiológicas.



Scheler, elabora los siguientes axiomas relativos a la existencia de los valores.



1. La existencia de un valor positivo presenta en sí misma un valor positivo particular.

2. La existencia de un valor negativo presenta en sí mismo un valor negativo especial.

3. La existencia de un valor positivo presenta en sí misma un valor negativo especial.

4. La no existencia de un valor negativo presenta en sí misma un valor positivo particular.

5. El mismo valor no puede ser positivo y negativo a la vez.

6. Todo valor no negativo es positivo y viceversa.

7. Es imposible tener por positivo y negativo al mismo valor.



Estos axiomas quieren decir que la realización, en el plano práctico, de los valores positivos aumenta en alguna forma la existencia extra temporal del bien, así como la existencia de los valores negativos o la simple ausencia de los valores positivos, aumenta la existencia extra temporal del mal. Por ejemplo: La existencia de una institución pública, muy discutible desde el punto de vista moral, como la pena capital, aumenta en algo de valor extra temporal del mal. La moral, según Scheler, tiene que apoyarse fuertemente en esos axiomas axiológicos.



Otras proposiciones formales relativas a los valores, podrían formularse de la siguiente manera:



a) El deber ser no puede basarse más que en valores.

b) El deber ser se basa siempre en un valor positivo.

c) El no deber ser se basa en un valor negativo.

d) Los valores positivos deben ser y los valores negativos deben no ser.

e) Es justo todo ser de algo debido positivamente.

f) Es injusto todo ser de algo no debido.

g) Es injusto el no ser de algo indebido.

h) Es justo el no ser de algo indebido.



7. Valor y normatividad



No hay que confundir los valores con el deber ser. Los valores, considerados en sí mismos, son completamente independientes neutros, tanto con respecto a la existencia como con respecto al deber ser. Sólo se puede hablar de la existencia de los valores en términos analógicos. El valor, en sí, es extra temporal y hasta extra existencial, en el sentido de que es una pura esencia y no existencia. Ahora bien, el valor puede encarnarse o realizarse, en mayor o menor medida, en un ser existencial, es entonces cuando hablamos de la existencia del valor. El deber ser hace relación a la existencia de un valor en cuanto pide que la pura esencialidad de valor en sí se realice en una existencia.

Las tesis de Scheler, a este respecto, pueden ser brevemente enunciadas así: No hay que confundir el valor con el deber ser. Tampoco hay que confundir el deber ser ideal, que no dice relación a voluntad o aspiración alguna, con el deber ser normativo o regla imperativa, el cual es referido como exigencia, a un esfuerzo, a una conducta. El deber ser normativo está fundado en el deber ser ideal, éste, a su vez, está fundado en el valor. Es un grave error pretender construir la ética sobre el deber ser normativo, como lo hace Kant: la moral se debe basar en los valores.

El deber ser es intermediario entre el valor (esencia ideal) y la existencia (realización del valor en un bien). El deber ser supone la inexistencia del valor que le sirve de base, y exige su realización. Esta exigencia se aplica porque al no existir un valor positivo, su no existencia es un valor negativo. Ahora bien, al estar fundado el deber ser en la suposición de la no existencia de un valor positivo, apunta, necesariamente, a la supresión de un valor negativo existente. El deber ser se refiere primordialmente a la no existencia de un mal, tiene por tanto un carácter negativo y no se puede deducir de él valores positivos. Esto no lo percibió Kant, pero Nietzsche vio claramente que una moral que toma como punto de partida el deber ser está condenada a ser una moral negativa.

El carácter negativo del deber ser ideal, se acentúa todavía más en el deber normativo o regla imperativa. El deber ser ideal es, por decirlo así, abstracto, derivado de un valor en tanto no lo realiza, no está en relación con voluntad o aspiración alguna, no tiene nada de común con una regla de conducta y no se dirige a ningún sujeto. El deber ser normativo, en cambio, se condensa en un precepto o mandato que impone una obligación a una voluntad concreta. En este caso o solamente se supone la existencia del valor positivo, sino que se supone además en el sujeto voluntario una tendencia opuesta a realizar dicho valor positivo. El deber ser normativo tiene por consiguiente, un carácter doblemente negativo, lo cual constituye el signo característico de toda moral de obligación de la fría moral del deber según la cual, la norma, el precepto, el mandato o imperativo es anterior al valor.

El deber ser ideal permanece tan inmutable como el valor en que se funda. El deber ser normativo, por el contrario, se adapta a las condiciones del sujeto a que se dirige y varía según sus tendencias positivas y repulsivas. El hecho de que las fórmulas normativas o reglas de conducta dependen, en parte, de las aspiraciones, tendencias, coyuntura vital y situación histórica del sujeto individual o colectivo a que van dirigidas, explica que de un mismo valor y de un mismo deber ser ideal se desprendan, a veces, preceptos no sólo distintos sino en ocasiones hasta contradictorias.

En resumen: es absolutamente independientes del deber ser ideal y, con mayor razón, del deber ser normativo o regla imperativa.



8. Jerarquía de los valores en Scheler



Después de describir las relaciones formales entre los valores, Scheler procede a la descripción del orden apriorístico que reina entre los mismos. Dicho orden consiste en las relaciones de superioridad e inferioridad que se establecen entre los valores, teniendo en cuenta las cualidades inmanentes de los mismos, su carácter exterior (duración, intensidad, unidad y dependencia recíproca) y los soportes materiales en que encarnan.

Es de la esencia de los valores el tener una jerarquía, un orden que presenta, según Scheler, el verdadero a priori material de toda intuición de los valores y constituye el fundamento de la moral. En esta jerarquía los valores se agrupan en altos y bajos, superiores e inferiores. La altura de un valor se determina conforme a las siguientes reglas: Un valor es tanto más alto cuanto más duradero; un valor es tanto más alto cuanto menor es la necesidad de fraccionarlo para que en él participen muchas personas; un valor es tanto más alto cuanto más profunda es la satisfacción ligada a la intuición del mismo; un valor es tanto más alto cuando menos fundamentado se halla por otros valores; y finalmente, un valor es tanto más alto cuanto menos relativa sea su percepción sentimental a la posición de su depositario.

Desde el punto de vista de su ordenación jerárquica, Scheler distingue cuatro grupos de modalidades en los valores; a) valores de lo agradable y lo desagradable; b) valores vitales; c) valores espirituales; y, d) valores religiosos. Distingue, además, entre valores por sí mimos y valores de preferencia, a estos últimos los llama también valores consecutivos o instrumentales porque sirven de vehículo o medio de realización de los valores primarios. Distingue, finalmente, entre los valores de cosas que encarnan siempre en bienes materiales y valores de personas, relativos a la personalidad de la conducta.

El rango inferior de la escala jerárquica está ocupado por los valores de lo agradable y lo desagradable. Estos valores, como todos los demás son captados por el sentimiento puro, pero en el plano de los estados afectivos sensibles, corresponden a estos valores los estados de dolor y placer. En este peldaño de la jerarquía se encuentran como consecutivos, los valores de civilización que se refieren a la producción de las cosas que despiertan agrado y los valores de lujo, los cuales son relativos al goce o disfrute de aquellas cosas. A ellos se refiere el axioma: lo agradable es siempre preferido a lo desagradable.

El segundo peldaño de la jerarquía de los valores, en orden ascendente, está constituido por los valores vitales. Los materialistas, y en general los mecanicistas, confunden los valores vitales a pesar de su riqueza y variedad infinitas, con los valores de lo agradable. Esta confusión tiene origen en el error de considerar la vida como un concepto que se puede derivar empírica e inductivamente de los organismos observados, siendo por el contrario, la vida una cualidad extra temporal e irreductible a cualquier otra manifestación inferior de la materia. Hay quienes, cayendo en el extremo contrario, confunden los valores vitales con los espirituales. Pertenecen a esta modalidad los valores de lo noble y lo común de lo sano y lo malsano, que son siempre valores de cosas y como valores consecutivos los de bienestar y prosperidad. A la intuición de los valores vitales corresponden los estados afectivos de la expansión vital y de su regresión, de salud y de enfermedad, de vejez y de juventud, y los de miedo, de audacia, de cólera, por citar algunos ejemplos.

Siguen en rango los valores espirituales, los cuales, por su altura, poseen el carácter especial de que pueden exigir el sacrificio de lo agradable y de lo vital. Son de tres especies: a) valores estéticos, que se desarrollan entre la polaridad de lo bello y de lo feo; b) valores de lo justo y de lo injusto (que muy bien podemos llamar valores jurídicos) los cuales fundamentan la idea de un orden jurídico objetivo, independiente del Estado y de sus leyes; y c) valores del conocimiento puro, los cuales se realizan plenamente en la filosofía. Como valores instrumentales, Scheler señala los de la cultura, entre los cuales menciona los valores de las ciencias positivas como consecutivos del saber puro. Resulta conveniente advertir que para Scheler la verdad no es ningún valor. Otros valores de cultura son los que encarnan en los tesoros artísticos, monumentos, instituciones, legislación positiva y tradiciones históricas.

En la cumbre de la tabla jerárquica de los valores, Scheler sitúa de los de lo santo o sagrado y lo profano, que constituyen los valores religiosos, los cuales se dan en actos de amor y de odio a la persona de Dios. Estos valores fundamentan todos los otros.

Todos los valores posibles, escribe Scheler, se basan en el valor de un espíritu infinito y personal y en el mundo de valores que a él le presentan. Los actos que aprehenden valores absolutos son posibles solamente en tanto se realizan en contacto con lo divino, en Dios, por decirlo así, y los valores son valores absolutos solamente en tanto pertenecen al mundo de los valores que se ofrecen a Dios. En cuanto a estos estados afectivos y a los valores consecutivos a los religiosos, dice Scheler lo siguiente: Corresponden a esta serie de valores, como estados, los sentimientos de felicidad y desesperación, independientes por completo de la suerte y la desdicha en su esencia, duración y cambio, y que miden a la vez en la vivencia la proximidad o alejamiento de lo santo. Reacciones específicas a esta modalidad de valores son la fe e incredulidad, veneración, adoración y posturas análogas. Por el contrario, el acto en que captamos originariamente los valores de lo santo en el acto de una determinada clase de amor cuya dirección axiológica precede y a la vez determina todas las representaciones plásticas y todos los conceptos de los santos. Es la esencia de este acto el dirigirse a personas, es decir, hacia algo de forma de ser personal, indiferentemente de qué clase de contenido y qué concepto de personas se tenga presente. El valor por sí mismo en la esfera de valores de lo santo es, pues, esencialmente, un valor de personas. Los valores por referencia para los valores personales santos (sean técnicos o simbólicos), son las formas de adoración y las cosas de valor dadas.













Conclusión



Scheler considera que hay una cierta oposición entre los valores morales y todos los demás. Conviene advertir, sin embargo, que Kant sostiene que entre los valores morales y los demás, no hay relación alguna; Scheler afirma que los valores morales, aun cuando en sí mismos son independientes de otro valor, están en relación necesaria con los actos humanos que realizan o tienden a realizar los otros valores; los valores morales se relacionan así con los demás, manteniendo, sin embargo, su oposición a ellos. Kant niega que el bien y el mal sean valores materiales; en el pensamiento scheleriano, el bien y el mal son cualidades irreductibles (por ende valores) que se ofrecen inmediatamente a la intuición emocional, al sentimiento puro, al igual que los otros valores. Kant ha pretendido reducir los principios del bien y del mal a la conformidad o no conformidad de una conducta con un imperativo categórico, o, para decirlo en la terminología del autor, como un deber ser normativo; Scheler sostiene que los valores no pueden fundarse en el deber ser, ya que, por el contrario, todo deber ser o precepto imperativo supone un valor en que se basa.

Partiendo de las premisas de que la existencia de un valor positivo es, en sí misma, un valor positivo y de que la existencia de un valor negativo es, en sí misma, un valor negativo, Scheler llega a las siguientes conclusiones: los valores morales están necesariamente relacionados con los actos que realizan o tienden a realizar la existencia o la inexistencia de todos los demás valores. El acto bueno o moral es todo acto que realiza o tiende a realizar un valor positivo o uno de sus grados en tal o cual rango cualitativo de valores. Así, para cada rango de valores, bien sea el rango de lo agradable, de lo vital, de lo espiritual o de lo sagrado, existe una moral material apriorística que le es particular y que puede establecerse de una manera evidente.

Pero un acto para ser verdaderamente moral necesita tener en cuenta no sólo los valores de un particular rango, sino toda la escala axiológica y el orden jerárquico de unos rangos con respecto a otros que ella implica. Desde este punto de vista, Scheler distingue el bien relativo y el bien absoluto: bueno, en sentido relativo es todo acto que realiza un valor positivo en tanto tiene en cuenta al mismo tiempo la realización de los valores pertenecientes a los rangos superiores; bien absoluto es el valor característico del acto que tiene en cuenta la realización de los valores más altos del rango supremo.



Los primeros principios de la axiología moral pueden ser formulados, de acuerdo con Scheler, en la siguiente forma:



1. El dominio de la voluntad. El valor del bien es el que caracteriza la realización de un valor positivo.

2. En el mismo dominio, el valor del mal es el que caracteriza la realización de un valor negativo.

3. Más precisamente el valor del bien es el que caracteriza la realización de los valores positivos perteneciente al rango supremo o a los superiores.

4. El valor del mal es el caracteriza únicamente la realización de los valores pertenecientes a los rangos inferiores, sin tener en cuenta valores más altos. Y

5. El criterio del bien y del mal se halla en la concordancia o discordancia de los valores tenidos en cuenta en el acto de realización con el valor preferido o repelido.



La tesis central de la axiología y la ética scheleriana se puede enunciar diciendo que la voluntad humana se torna moral ajustándose, en la realización de sus actos, a la jerarquía apriorística de los valores que se hace presente en nuestra conciencia mediante los actos de preferencia o repugnancia de los mismos valores. Pero Scheler agrega a esta tesis un corolario: el acto moral es verdaderamente tal, únicamente en cuanto en dicho acto se manifiesta la persona. Sólo las personas son buenas o malas, los demás fenómenos pueden ser calificados de morales tan sólo en relación con las personas. De ahí que el propio Scheler haya llamado personalismo moral a su filosofía ética. La ha llamado también personalismo jerárquico porque ordena a las personas desde la más alta, Dios, a la más baja, la persona humana concreta, pasando por las personas colectivas.









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miércoles, 8 de febrero de 2012

LA IDEA DE BIEN EN PLATÓN, SAN AGUSTÍN Y SAN BUENAVENTURA





José Antonio Rumoroso Rodríguez
Universidad La Salle
Filosofía
México D.F.











“Good is a subject that has been the subject of philosophical discussions, since the Good is what gives the truth knowable objects and is the source of all being in man”.

El Bien es un tema que siempre ha sido objeto de múltiples discusiones filosóficas, toda vez que es lo que da la verdad a los objetos cognoscibles y constituye la fuente de todo ser en el hombre.



INTRODUCCIÓN


            El bien es sin lugar a dudas uno de los temas que más ha sido objeto de  reflexión por los filósofos de todas las épocas, toda vez que el bien es lo que da la verdad a los objetos cognoscibles, y es la fuente de todo ser en el hombre, y fuera de él.
            La estructura del ensayo que hoy se presenta se divide en tres apartados:
 El primero abordará el bien en Platón; en segundo a San Agustín, y en el tercero a San Buenaventura.

I. LA IDEA DEL BIEN EN PLATÓN

            Antes de analizar este tema tan discutido por los filósofos antiguos, medievales, y aún por los modernos, tenemos que realizar el estudio de la noción de Bien, que es un problema de vocabulario, porque existen varios términos y expresiones que le son afines: bien, bondad y bueno. Por lo que en primer orden de ideas pasaremos a precisar tal concepto.
            La palabra Bien, etimológicamente, se deriva del latín “bene”, que significa: aquello que tiene en sí mismo la perfección en su propio género; o lo que es un objeto de su voluntad, lo cual se mueve por el bien verdadero.
En la filosofía griega encontramos el origen de la teoría medieval sobre los trascendentales en cuanto que Platón, Aristóteles y Plotino perciben la profunda conexión existente entre lo uno, lo bueno y lo verdadero. Platón, en su teoría de las ideas, atribuye el lugar más elevado a la idea del Bien como fundamento de todo ente y de toda racionalidad y saber. Aristóteles busca lo que es propio del ser en cuanto tal y estudia lo uno, lo verdadero y lo bueno bajo los rasgos del primer Motor Inmóvil y del ser perfectísimo, único, sumo bien, pensamiento del pensamiento. Plotino considera la Unidad y el Bien como propiedades divinas y ve en el Nous su primer producto: la totalidad de los seres proviene del primer Ente en una serie de perfección decreciente, en la que el ser llega a perderse en el no ser.
En el ámbito de la filosofía medieval el Bien indica aquellas propiedades del ser que, como el ser mismo, superan cualquier determinación predicamental, ya San Agustín aplica a la revelación cristiana algunos principios del neoplatonismo y afirma que Dios, suma unidad y sumo bien, verdad y belleza suprema, hace libremente partícipes a las criaturas con su acto creador de la unidad, del bien, de la verdad y del ser. También Alejandro de Hales y San Alberto Magno O.P., relacionan lo uno, lo verdadero y lo bueno con el ente.
Santo Tomás de Aquino O.P., afirma la bondad de los seres en la medida en que tienen el ser, así como la unidad y la verdad de los mismos, en cuanto que lo uno no significa otra cosa más que el ente indiviso y lo verdadero no es sino una conformidad de las cosas con el entendimiento divino. En algunos pasajes también la alteridad es un trascendental.
            El Bien es fin, puesto que atrae la actividad de los seres, y es, al decir de Aristóteles, forma que actúa al ser lo que posee, pues lo perfecciona de alguna manera, y esto sucede solamente cuando se hace un acto. Fuera del orden trascendental, cabe mencionar el bien, en lo físico, es decir en el universo que al cumplir sus respectivas leyes naturales, producen un bien general; pero que la suma de estos bienes origina armonía del mundo. En efecto, los males físicos, son privaciones de bienes, así un como una inundación o un incendio que impide una cosecha; pero éstas al ser consideradas en el seno de la armonía, quedan sin el carácter de males, por el hecho de estar ayudando a la realización del equilibrio en general del mundo.

1. La idea del bien en Platón

            Al analizar sus diálogos, se nota un punto oscuro en cuanto a las relaciones del Bien y Dios pero también nos  habla de los atributos supremos, deducidos de la idea del Bien. Al único Dios parece concebirlo, algunas veces como un ser abstracto otras como una persona, y otras más como el alma del mundo y fuente de todos los espíritus, y el que organiza el cosmos.
            La ética de Platón se funda y se contiene en su Metafísica. El alma es prisionera del cuerpo en el mundo sensible, se da cuenta que su fin último no es esté mundo sensible, debido a que lleva el bien consigo, y ésta busca su realización y destino ultraterreno. Por lo cual el alma tiene que luchar por dominar las pasiones corpóreas y por tratar de conocerse y buscar la verdad. Al llevar una vida moral, el alma desarrolla un ejercicio intelectual, que es pura contemplación de las ideas.
            La moral de Platón está animada de aquella fe suprema, que vio brillar en el rostro de Sócrates, en el momento de su muerte. Aquella muerte que no se quiso evitar, requiere ser explicada de otra filosofía, que es la de la verdad.
            Esta es la ética de Platón, que concuerda perfectamente con su sistema, decididamente orientado hacia la trascendencia, profundamente animado de espíritu místico y religioso.
            Platón sabe que el fin de la vida es la realización de un bien todo espiritual, pero también que el hombre vive en un cuerpo, por lo que tiene que disciplinarse, de manera que transforme en bien, lo que es mal. En efecto, Platón trata de que se desarrollen los valores éticos y se llegue a los espirituales, siendo uno de ellos el Bien Supremo, creador de los demás valores. Pero notemos, el hecho de que Platón subordine las demás virtudes que cultiva el hombre para llegar a la única que está sobre todos y que es la sabiduría o contemplación de las ideas; es decir, se preocupa por el desarrollo de valores superiores en un orden de gradación hasta llegar a la idea del Bien, que es inmutable y eterno.
            Para Platón, los valores éticos como la justicia, que es el mayor bien del alma, y la injusticia, que es el mayor mal, son propiedades del ser único.
            Rechaza todo desvalor que se le atribuía a Dios en las fábulas de Hesíodo y Homero, y pide que se le presente tal cual es: esencialmente bueno, porque Dios no puede ser causa del mal. “No hace nada que no sea justo: si castiga a los perversos es para su conversión y su bien. Dios es simple, sin diversidad ni mentira; no cambia de forma, ni disfraza su ser, ni la verdad que es El”.1

2. El Bien en los diálogos

            En los diálogos fluyen los valores inferiores atribuidos a los dioses, siendo éstos más que principios utilitaristas y materiales para alcanzar un placer pasajero; pero ya después en el Píndaro, Dios es la fuente de virtudes y se le piden gracias morales. Es justicia y no realiza ningún desvalor, siendo unidad absoluta.
            Platón, combate los argumentos de Eutifrón; de que los dioses eran inmorales, y esto con el fin de legitimar las malas acciones y otras similares atribuyéndoselas a los dioses. El primer argumento puesto en boca de Sócrates, es que las dimensiones tanto entre los hombres como entre los dioses, versan en torno a lo justo, y a lo injusto, lo bueno y lo malo; el segundo argumento es, que las fábulas que se deben contar a los niños, deben ser al contrario, es decir, para los mayores, puesto que son las más apropiadas para ejemplo de la virtud. Por lo cual se debe decir que Dios es Bueno por esencia y que no obra el mal, que es inmutable y que no engaña jamás.
            En la Apología, Sócrates es acusado de ateísmo y de corromper a los jóvenes por enseñar un nuevo Dios o demiurgo; pero Sócrates lo que quería era reformar la religión del pueblo, y, además, tratar de dar una nueva formación a los jóvenes.
            En este diálogo, la concepción platónica de Dios se identifica con la de Sócrates, porque existe una inteligencia ordenadora del mundo, de la cual participa el alma y se le respeta por ser el bien, del cual se deriva la suma de las leyes morales y sociales; pero este bien tiene su contrario que es el mal eterno, “solo que éste no existe entre los dioses, sino en la tierra y en la naturaleza mortal… pero Dios no es la causa del mal, sino de todo bien”.2
            En el Teetetes no se habla de dioses sino de Dios, porque posee al máximo todas las virtudes y tiene atributos personales: que es un Dios esencial y solamente bien.
            Se ve claramente como un hombre totalmente pagano va descubriendo valores en las cosas que le rodean con la sola luz de la razón; pero después intuye valores que son más altos y por tanto, propiedades del ser. Y es así como trata de encontrar el Sumo Bien, que es autor de todo lo creado.
            En el Banquete, nos habla del amor, señalando que en el que ama no hay lo bueno y lo bello, sino el deseo de lo bello y de lo bueno; pero éstos últimos residen en un gran Dios; pero a la vez nos aclara que amor es deseo y no felicidad. En cambio los dioses son felices, porque poseen la belleza y la bondad, pero para comunicarla a los hombres se sirven del “eros”, que es un demiurgo, intermediario entre los hombres y los dioses, ordenando a aquellos que mejoren, viviendo con el deseo de lo bello, de lo bueno y de lo verdadero.
            El Dios de Platón se identifica con la idea de lo bello en sí y por sí. Pero esta idea de lo bello no es una inteligencia, sino una inteligible impersonal, objeto de la inteligencia, pero que después se identificará con lo divino. En el diálogo de Fedón, nos habla del demiurgo, que es artífice del mundo, y así cosmologiza a Dios, por lo cual, se le podría llamar un dios físico y no un Dios moral.
            Pero cuando trata de demostrar el origen del mundo, Dios es el artífice, cambiando su filosofía al campo gnoseológico, moral y político, y centraliza preferentemente las ideas en lo Divino.
En la República están explícitamente presentes tanto el concepto de demiurgo, entendido como Dios, como las ideas entendidas como lo Divino. Lo primero que destaca de la consideración que Platón hace del Bien en la República es la aparente contradicción o desproporción entre la importancia que otorga al conocimiento del Bien en lo privado y, especialmente, en la dirección de la vida política, y el breve tratamiento sustantivo y formal que recibe el conocimiento más sublime de la filosofía platónica. Si consideramos la extensión que dedica a la Idea de Bien con relación a la extensión que dedica a otros asuntos en la obra (por ejemplo a las objeciones sobre el deber obrar justamente con independencia de los resultados, a la construcción ideal del Estado, a la naturaleza del verdadero filósofo o a la exposición y análisis de las diferentes constituciones políticas), parece que lo que Platón nos dice del Bien es una mera indicación de su valor más que un "tratamiento sistemático" que fundamente o justifique esa misma tesis. Sobre el porqué de este hecho, sin embargo, sólo pueden establecerse conjeturas.
            En el libro VI de la República, Sócrates habla de una ciencia que supera todas las otras: la Ciencia del Bien. Las otras virtudes existen solo en cuanto participan de la idea de Bien, por lo cual, las ideas son inteligibles por esta participación. La unificación del mundo de las ideas en torno a una Idea Suprema, que según platón, es a veces la idea de lo bello, otras del bien, otras del ser, porque lo que es bello es bueno y el ser supremo es bello y es bueno. Platón para aclarar su pensamiento recurre a la semejanza de la luz del sol, que hace visibles las cosas, aún las ideas se hacen inteligibles por la Idea de Bien; por lo cual el entendimiento explicará intelectivamente el mundo por medio de la idea del bien. Esta no se identifica con las ideas ni con el conocimiento, sino que toma suma importancia teológica; pero no es Dios, sino algo impersonal inteligible: es lo divino, lo más divino entre ‘las ideas. Efectivamente, “Platón dice que la idea del bien es superior al conocimiento y a la verdad y por esto es incognoscible, está más allá de la sustancia, más allá del ser ciertamente la idea del bien posee caracteres para ser Dios pero queda como un objeto de contemplación”.3 Precisamos que Platón considera como Dios al demiurgo limitado por las ideas que Lo dominan, con mayor razón la idea del bien, la idea de lo bello que son ‘esencias livianísimas, pero no Dios. “Las ideas son el fundamento de la vida estética, moral y también religiosa”.4
            En el ser supremo se encuentran los valores que realiza en toda su extensión, así como “no hay una inteligencia que contenga en sí los inteligibles, ni ser que pueda realizar la comunidad de ideas, sino que solo el Inteligible Supremo es el que realiza la implicación de las ideas”.5 Pero vemos que Platón individualiza la causa del bien y la del mal, y las distingue netamente: en el cosmos hay una finalidad y necesidad, Dios y la materia. Además, el mundo con su orden demuestra la existencia de un Sumo Bien. En él hay orden y perfección; por lo tanto, existe una inteligencia o Dios’ que es causa del bien y la bondad.
            Hemos analizado que lo divino se identifica con el mundo de las ideas, o mejor, con las ideas divinísimas de lo bello, del bien y del ser, donde el bien es el supremo principio de la inteligibilidad.



II. EL BIEN EN SAN AGUSTIN

            San Agustín sigue la línea del pensamiento platónico, pero cristianiza su doctrina.
            Cuando se escruta las profundidades de Dios, de su unidad, de su Trinidad, es para saber la magnificencia de nuestro fin, que es contemplar a Dios y tener un anticipo de ese gozo. “San Agustín al analizar la Sagrada Escritura, encuentra algunos puntos con los cuales podrá formar una moral de tipo filosófico: la existencia de Dios, la necesidad que tiene el hombre de aspirar a la beatitud, la distinción irreductible entre el bien y el mal, la existencia de la Ley Eterna y de la ley natural; y las condiciones del acto moral”.6
            Dios es la verdad, por eso mismo es el soberano bien, y es el término que debe proponerse todo ser dotado de inteligencia. Lo sensible no se puede poner en parangón con lo inmutable y eterno, porque es pasajero, por lo que el hombre debe desear el bien, para obrar bien y darle su debido lugar a lo sensible. En efecto, en sus teorías morales, especialmente en el amor al Bien Supremo, no suprime en el hombre el amor a sí mismo ni el amor al prójimo.

1. El Soberano Bien

            Una moral bien formada trata del absoluto, lo divino, y la de San Agustín, especialmente, trata del Soberano Bien del cual debemos hacer depender todos nuestros actos. Descubrir, decía él mismo, el Soberano Bien y determinar la relación que con él tienen los actos humanos, es el fin de la Moral. “El fin de nuestro bien, es un bien que todos los demás deben ser buscados por causa de él, mientras él es buscado por sí mismo. Aquí llamamos bien no lo que destruye, sino lo que perfecciona. El fin del mal es llevar hasta su último grado de maleficencia. Estos fines son el Soberano Bien y Soberano Mal”.7
            Para San Agustín el Soberano Bien, es “Aquél en el que todos dependen de ser dichosos, en efecto, cuando se goza del bien por amor del cual quiere tener todo lo demás, y que ama, no por amor a otro, sino por sí mismo, y por eso se llama fin, pues no hay nada a que él tienda a su vez, ni de que él dependa. En él se encuentra el reposo del deseo, la seguridad, el goce y la alegría serena de una voluntad perfecta”.8 Pero también el hombre busca la felicidad, que es común a todos los demás, aunque sea malvado; éste la busca en las cosas robándolas, con lo cual queda satisfecho, pero esa dicha no la ha sacado del bien, lo cual es un error; por esto dice San Agustín: “Querer lo que no me conviene, es una enorme desgracia. Es menor desgracia no obtener lo que se quiere que querer obtener lo que no conviene”9.
            Pero ¿acaso el hombre no podrá hallar la felicidad? La respuesta de San Agustín es afirmativa: Cada acto volitivo es un impulso a la beatitud; en efecto, si se estima algo más, es la beatitud. Esa se convierte en el Soberano Bien y poseerla será la verdadera perfección y la verdadera felicidad. Dios ha dado al alma una naturaleza tan poderosa, que de su perfección se la ha prometido a los santos para el fin de los tiempos. También nos habla de las virtudes que son guías para llegar al Soberano Bien, por lo que las virtudes coadyuvan al hombre a realizar una vida bien organizada cuyo fin son bienes para alcanzar su perfección; y después, pasar a la contemplación del Soberano Bien.
            “Si cualquier filósofo limita nuestra existencia a la vida presente y quita toda finalidad y toda significación a nuestros impulsos hacia la moralidad, suprime el Soberano Bien, que no es de este mundo. Si se borra la virtud en la práctica de este mundo, también se suprime el Soberano Bien, arrebatando a la virtud su razón de ser, por lo que no queremos, ni podemos querer la virtud, lo más que por amor al Soberano Bien”.10

2. El Soberano Bien en Dios

            Gozar de la perfección divina, tal es el mayor goce y por lo tanto, el Soberano Bien para el hombre. Los platónicos han visto esa verdad y han sabido relacionarla a sus enseñanzas sobre Dios, Creador y Luz del hombre, siendo esta la razón porque San Agustín prefirió esos filósofos y no otros, pues “mientras aquellos filósofos han utilizado su espíritu y sus estudios para buscar las causas de las cosas, así como el método de aprender y de vivir, éstos han conocido a Dios y por ese mismo hecho han descubierto donde se encontraba la causa del universo creado y la luz para percibir la verdad y la fuente en que beber la felicidad”11.
            El hombre se esfuerza por adherirse a Dios y por buscar su renovación, y reforma en ese bien inmutable, del cual comprende que se deriva toda belleza y aún la capacidad de recibir una forma bella, antes que la tenga, puesto que llamamos informe a lo que es susceptible de tener forma; pero se ve claramente que San Agustín amaba lo secundario hasta que vio que las cosas le hablan de Dios, cuando se expresa: “Os he amado tarde, belleza tan antigua y tan nueva! ¡Os he amado tarde! Y vos estabais dentro de mí, pero yo estaba fuera, y allí os buscaba; y desordenadamente me lanzaba sobre estas cosas tan ordenadas que habéis hecho. Vos estabais conmigo, y no estaba con Vos. Me tenían lejos de Vos esas cosas que no existirían si no existieran con Vos. Vos habéis llamado... Vos habéis brillado, habéis resplandecido, y habéis disipado mi ceguera. Habéis exhalado vuestro perfume, y os he aspirado, y os deseo…me habéis tocado y me he inflamado por vuestra paz”12.
            En la teoría de las ideas de Platón, cuando habla de la inmortalidad del alma, cuando ésta vuelve a bajar a un cuerpo se acuerda únicamente de lo malo, lo cual es un error. Porque trastorna los valores, porque exalta la ignorancia; deprime la esperanza; aniquila la beatitud. Esta última característica basta para demostrar el error de todo el que pone como Soberano Bien una dicha que termina. El hombre busca la posesión eterna de Dios, he ahí el Bien Supremo. Tal es la certidumbre de la Ciudad de Dios: “Si se nos pregunta ¿cuál es sobre cada punto la respuesta de la Ciudad de Dios, ante el Soberano Bien y el Mal? responderé que el Soberano Bien es la vida eterna y que el Mal es la muerte eterna. Para ganar la primera y para evitar la segunda debemos vivir como hay que vivir”.13
            La vida eterna consiste en alcanzar la visión de Dios, del verdadero Dios, del Dios supremo. “Ver a Quien nos ve tal es lo que es bueno; y no como los que adoran los falsos dioses aunque tienen ojos, no los ven. . .“14
            Hay actos buenos y malos; pero aquellos deben ser buenas acciones sometidas a la fe, y ésta a Dios, puesto que ayuda a refrenar los placeres mortales y los reduce a la regla natural, poniendo por un amor ordenado lo que es elevado por encima de las cosas inferiores. Pues en ese amor a Dios se encuentra la belleza y la perfección del alma. Porque, El, que es eternamente bello, ha sido el primero en amarnos, aunque éramos feos nos amó para hacernos bellos. “Tanto crece en ti el amor, tanto cuanto crece tu belleza, pues la caridad es la belleza del alma”.15

III. EL BIEN EN SAN BUENAVENTURA

  1. El Soberano Bien y la virtud

            Para San Buenaventura, el Bien es el ser Supremo, que es Dios, autor de cuanto existe y ha existido, y además fuente y fin de lo bueno, justo. Único juez de toda acción mala. Para el Doctor Seráfico, el conocimiento estará empapado de Dios; seguirá las fórmulas agustinianas, haciendo una fusión de filosofía y teología. En efecto, el Soberano Bien, es la Beatísima Trinidad, un conocimiento integral de los seres, aún desde el punto de vista filosófico, requiere algo más, debe descubrir en ellas lo que realmente contiene: la traza divina, el vestigio de Dios impreso en ella por el acto creado, y por este vestigio subir al Creador, de donde dimana la luz que ilumina en toda su amplitud y hace inteligibles a las cosas.
Por tanto, en cada creatura existe un resplandor del Divino Ejemplar, pero mezclado con tinieblas. De aquí que toda creatura viene a ser un simulacro de la Divina Sabiduría, algo así como una escultura.
            En primer término no podemos pensar en el Ser Divino como Bien sin que lo veamos al mismo tiempo como difusivo de sí. Y por eso lo más ofensivo e injurioso, fuera del pecado es ‘el despreciar el divino precepto y el apartarnos del Bien inmutable, porque esto ofende a Dios, deforma el libre albedrío, destruye el don gratuito y nos vincula al suplicio eterno”.16
            Pero las virtudes en el hombre lo conducen a El tales como: “la fe nos encamina, creyendo y asintiendo, a lo sumamente verdadero; la esperanza nos lleva, apoyándonos y esperando, a lo sumamente arduo; la caridad, deseando y amando, nos dirige a lo sumamente bueno”17 .
            Notemos que las virtudes se relacionan con la caridad, como su origen, forma y fin. Tenemos que las demás virtudes gratuitas guardan conexión entre sí en cuanto son hábitos y son iguales por razón de los actos meritorios que producen. De esto se deriva que las demás virtudes puedan ser informes, fuera de la caridad, que es la forma de las virtudes.
            La felicidad se encuentra en el Sumo Bien, y para poseerlo dentro de la mística, es preciso ser elevado hasta El en virtud de una fuerte moción divina, a la que San Buenaventura llama “sursumactio”, y esto se logrará únicamente por la oración.
            El Doctor Seráfico saca raudales de esplendores en todos y todas las cosas de la divina potencia y ésta le llevará a la sabiduría y bondad suprema que es Dios.
            Otro camino para llegar a ese Supremo Bien es mediante la especulación del número, pues éste filosóficamente significa proporción y armonía, por lo tanto es el principal ejemplar que bulle en la mente Divina; y es el principal vestigio que nos lleva a la Eterna Sabiduría. Pero no solo con las operaciones del alma se contempla a la eternidad, Suma Verdad, y la Suma Bondad; sino investigando en el orden, en el origen y en las relaciones de las potencias hallamos que el alma es imagen de la Beatísima Trinidad.
            La noción del Ser Divino y la de Bien, son dos formas intelectuales culminantes que adornan y perfeccionan el alma, y son los reflectores supremos de la Divina Luz.

2. El Sumo Bien en el “Itinerario”
                                                                                                                                    
La difusión suma del Sumo Bien, iniciando su movimiento en el amor, termina en el amor subsistente, que es el Espíritu Santo. El bien, en efecto, es difusivo de sí mismo; luego el Sumo Bien es difusivo de sí mismo.
            San Buenaventura hace una relación de la difusión temporal de las creaturas consideradas como centro o punto, razón por la cual se podría concebir otra difusión mayor, la que sería aquella en la que el bien difusivo comunicase a otro toda su sustancia y naturaleza. Luego, el bien no sería Sumo Bien si tanto en sí mismo como conceptualmente, careciera de la difusión divina, no sería bien. (Es así como explica la Bondad Eterna y a la vez la Santísima Trinidad).
            Después nos habla de los atributos de Dios, que son: “el primero y último, el eterno y enteramente presente, simplísimo y máximo, o incircunscripto, todo en todas partes, pero nunca comprendido, actualísimo, pero nunca movido, perfectísimo sin superficialidades ni menguas; pero, con todo eso, inmenso e infinito, sin límites, unicísimo; pero omnímodo (en cuanto contiene en sí mismo todas las cosas), esto es toda virtud, toda verdad, todo bien18 Luego, en un vertiginoso vuelo mental, en el cual manifiesta las maravillas que exceden toda capacidad del humano entendimiento: ve en Cristo, unidos, al Ser Primero y Último, el Supremo y el Ínfimo, Alfa y Omega, el Creados y la Causa, capaz de poner en la inteligencia la máxima iluminación.
            Nos habla de que debemos amar al Sumo Bien por ser Primer Principio, y porque en Él se encuentra el descanso, por lo cual, “este bien es amado por ser beatificativo, y en consecuencia entran los demás bienes para ser beatificados por El; pero con Él se entra en el círculo de las bienaventuranzas. Y como nuestro prójimo está llamado a las bienaventuranzas, juntamente con nosotros y nuestro cuerpo, todo beatificable, por estar unidos con el alma; por eso solo se deben amar: Dios, el prójimo, nuestra alma y nuestro cuerpo”.19 Pero, he aquí las razones del porque este modo: amor a Dios porque está sobre nosotros como Bien Supremo; a nuestra alma porque está dentro de nosotros como bien interior; a nuestro prójimo, como bien equiparado a nosotros o emparentado, y a nuestro cuerpo por ser un bien inferior sometido a nosotros. Por tanto, cabe mencionar, acerca del bien moral, cuando dice: “que la voluntad es divina por su fin, es decir, no solamente buena por su fin, sino porque ella misma se hace buena por el movimiento que la ordena a su fin. La bondad del fin reside ante todo en su perfección intrínseca; cuanto más elevado sea el orden del ser, tanto más será eminente y última en el orden del fin”20.

CONCLUSIONES

·           El Dios de Platón está dotado de los atributos de la eternidad y de la inmutabilidad, providencia y salvación y esencialmente bondad. Pero las ideas lo trascienden, por lo cual su teología es negativa, y se ve en la necesidad de poner un intermediario que es el ‘‘eros”.
·           Otro punto; que lo divino se identifica con las ideas o mejor con las ideas divinas de lo bello, del bien y del ser. Lo divino constituye la máxima aspiración del hombre, así como en el Banquete lo bello en sí es lo Divino; también en la República donde la idea del bien es el principio supremo de la Inteligibilidad, y en el Sofista, en el que el ser pleno es la unidad del mundo de las ideas. El alma comprende que las diversas bellezas corpóreas no son sino reflejo de una sola e idéntica belleza, siendo ésta la idea del bien. Por tanto, para Platón, el Sumo Bien no es la posesión de la virtud, ni el vivir conforme a una ley, sino la visión perfecta de lo divino en sí; ni virtud significa orden y armonía de nuestros actos, sino “mortificación del sentido”, morir al mundo para realizar el más alto grado de contemplación de lo divino, que le ha sido concedido al hombre aquí en la tierra.
·           La respuesta al problema filosófico sobre el soberano bien dice San Agustín es una respuesta cristiana, por el hecho de que la visión de Dios, Soberano Bien del hombre, único acto que apacigua todos sus deseos, única beatitud perfecta, no es, sin embargo, una conquista que puedan lograr los esfuerzos del hombre. Es una gracia que depende del buen grado divino. Que Dios quiera acordarla y que la reserve a sus elegidos, no podríamos saberlo si no lo hubiera dicho El mismo.
·           El hombre quiere necesariamente la felicidad que consiste en gozar de Dios. En realidad, Dios ha querido que sus elegidos gocen de Él en la visión cara a cara. Por lo que sabemos dónde se encuentra el Soberano Bien y así entonces, habremos encontrado el fundamento del Bien Moral y del deber.
·           San Buenaventura considera, todo acto del hombre como un movimiento para un fin que sea bueno. También sigue la línea de San Agustín, y considera que las virtudes adquieren su forma en la caridad, y que éstas conducen al hombre hacia el Supremo Bien, único actor y creador de las cosas y del cosmos y que por eso las creaturas son espejos de Dios. El Supremo Bien, al crear al hombre, le deja una huella en su alma y por tal motivo, ha habido y hay tantos filósofos paganos que nos hablan del Bien, porque cuando observan la naturaleza, los actos humanos,  encuentran rastros de un bien que es supremo; pero que nosotros sí le conocemos: Dios Único, Bueno y Verdadero.


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1  DIES, Augusto, Platón, Ed. América, México, Biblioteca Filosófica, 1941, p. 146.
2 SCIACCA, Francisco, Platón, Ed. Troquel, Argentina, 1951, p. 334.
3 Idem, p. 339.
4 DIES, Augusto, Platón, p. 340.
5 SCIACCA, Francisco, Platón, p. 341.
6 BOYER, Carlos, San Agustín y sus normas morales, Ed. Excelsa, Argentina, p. 17.
7  De Moribus Ecclesiae, lib. 1, cap. XI, núm. 80.
8  Epístola CXX VIII, cap. II, núm. 13.
9  Trinitate, lib. XVIII, cap. V, núm. 8.
10 Epístola CXXX, cap. VI, núm. 24.
11 De Civitate Dei, lib. VIII, cap. X, núm. 1.
12  Confesiones, lib. X, cap. XXVIII.
13  De Civitate Dei, lib. XX, cap. IV, núm. 11.
14  Sermo, LXIX, cap. 11, núm. 3.
15 De libero arbitrio, lib. 1, cap. VI, núm. 5.
16 Breviloquio, cap. III, núm. 2.
17 Idem., cap. IV, núm. 4.
18 Itinerarium Mentis in Deo, cap. VI, núm. 5.
19 Breviloquio, cap. VIII, núm. 2.
20 La iluminación moral, cap. XIII, p. 386.